Un ensayo clínico realizado con sobrevivientes de cáncer de mama en Puerto Rico demostró que la terapia cognitivo-conductual mejora el sueño sin medicamentos y con efectos sostenidos hasta un año después del tratamiento.

La doctora Jennifer Morales-Cruz, psicóloga clínica y catedrática auxiliar del Departamento de Psicología de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, presentó en un seminario transmitido por la Revista de Medicina y Salud Pública, una mirada amplia sobre el insomnio como determinante social de la salud, señalando sus vínculos con la pobreza, el género, el acceso a servicios y los contextos de desastre natural.
La doctora Morales-Cruz presentó cifras contundentes sobre la magnitud del problema. Según la evidencia que citó, al menos 60 millones de personas padecen insomnio en Estados Unidos, donde ya se cataloga como una epidemia de salud pública.
Un diez por ciento de ese total corresponde a insomnio crónico, mientras que cerca del cincuenta por ciento de las personas mayores de 60 años también lo sufren. El costo económico anual asciende a 63 billones de dólares, derivado de ausentismo laboral, visitas a emergencias y reducción en la productividad.
La definición operativa que maneja tanto el Instituto Nacional de la Salud como la Organización Mundial de la Salud, según explicó la investigadora, abarca a "personas que tienen problemas al iniciar y/o mantener el sueño", con al menos tres noches a la semana de afectación y consecuencias funcionales durante el día.
Una de las tesis centrales de la ponencia fue que el insomnio no puede seguir mirándose únicamente desde la clínica individual. "El insomnio incluye muchas cosas y por eso la propuesta es de continuar mirando el insomnio como un determinante social de la salud", afirmó la doctora Morales-Cruz.
En Puerto Rico, señaló, factores como los huracanes, los terremotos, el COVID-19, el desempleo, la violencia de género intrafamiliar y la violencia comunitaria inciden directamente en la capacidad de dormir de la población. También mencionó las interrupciones eléctricas como un factor que afecta el sueño y que "es predominantemente en nuestra cultura y nuestro contexto", comentario que surgió en directo cuando se fue la luz durante la propia transmisión.
Agregó que las mujeres sufren más insomnio que los hombres no solo por razones biológicas, sino porque "a nivel social existen unos roles de género que también pueden perpetuar el que las personas puedan tener una dificultad para dormir". Igualmente, destacó que los latinos y afrodescendientes reportan mayores dificultades para dormir en comparación con la población blanca en Estados Unidos, lo que se vincula con los determinantes sociales propios de esas comunidades.
La investigadora advirtió sobre los riesgos de la medicación no supervisada para el insomnio. "El treinta por ciento de la sobredosis envuelve medicamentos comúnmente prescritos para el insomnio", señaló, añadiendo que muchos de estos se mezclan con opioides y alcohol.
También alertó sobre el uso de medicamentos ajenos: "No fueron recetados para las personas. Se lo recetaron a mi hermano, a mi primo, a mi papá, y están automedicándose."
Sobre la melatonina, aclaró que "no tiene evidencia científica que funciona para que las personas mejoren su calidad del sueño", especialmente en casos de insomnio crónico, aunque recomendó siempre consultar con un médico antes de tomarla.
La mayor parte de la ponencia se centró en la terapia cognitivo-conductual contra el insomnio (TCC-I), que la doctora Morales-Cruz ha investigado desde 2018 en colaboración con el Moffitt Cancer Center y la Ponce Health Sciences University, aplicándola en sobrevivientes de cáncer de mama en Puerto Rico. Los resultados preliminares mostraron mejoras significativas en la calidad del sueño al comparar el grupo de intervención con el grupo control.
La ventaja principal de esta terapia frente a la medicación, explicó, es su duración: "Las estrategias que las personas aprenden en esta terapia pueden continuar practicándola aún después de terminado el tratamiento", con estudios de seguimiento de hasta doce meses que confirman la persistencia de los aprendizajes.
Entre las recomendaciones prácticas de la TCC-I, la investigadora mencionó: establecer una hora fija para levantarse todos los días incluyendo fines de semana, salir de la habitación si no se puede conciliar el sueño en quince o veinte minutos, evitar ver el reloj durante la noche y restringir el uso de la cama exclusivamente para dormir. "Entre más tiempo usted pasa en la cama, más insomnio le da", precisó.
Durante el conversatorio, una participante planteó el problema del boceteo nocturno como factor cultural que afecta el sueño en Puerto Rico. La doctora Morales-Cruz reconoció que se trata de un asunto estructural que requiere políticas públicas efectivas: "La pregunta es si la ley se está implementando y si eso se está continuando y si se está haciendo como lo dicta la ley."
Sobre el uso de dispositivos electrónicos antes de dormir, explicó que "esa luz, según lo que dice la evidencia, provoca que haya una disminución en la melatonina", hormona indispensable para el descanso. Citó una publicación de marzo de 2026 en JAMA Pediatrics que recomienda que las escuelas secundarias comiencen a las 8:30 a.m. en lugar de las 7:30, reconociendo que los adolescentes necesitan entre ocho y diez horas de sueño.
La investigadora cerró su presentación llamando a crear encuestas nacionales sobre el estado del insomnio en Puerto Rico, ampliar el acceso a terapias basadas en evidencia y establecer estrategias de prevención desde la atención primaria. "No se sabe, no hay una encuesta nacional para saber el estado actual del insomnio en Puerto Rico", lamentó, subrayando la urgencia de datos propios para un problema que, según la evidencia internacional, ya no admite ser tratado solo como un asunto de higiene individual.