Organismos sanitarios de todo el mundo alertan sobre niveles elevados de plomo en alimentos cotidianos y suplementos dietéticos.

La presencia de plomo en alimentos y suplementos ha dejado de ser una amenaza abstracta. Investigaciones de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) y otros organismos internacionales han identificado niveles preocupantes de este metal tóxico en productos de uso cotidiano, lo que ha derivado en alertas públicas y en el retiro preventivo de diversas marcas del mercado.
El problema se extiende más allá de los ultraprocesados. Los suplementos dietéticos, cuyo consumo ha crecido de manera sostenida en los últimos años, son uno de los focos de mayor preocupación: al no estar sometidos a regulaciones tan estrictas como otros alimentos, pueden comercializarse sin un monitoreo sistemático de metales pesados.
Los grupos más vulnerables son tres. Los niños pueden sufrir daños neurológicos irreversibles incluso con exposiciones breves, con impacto directo en el aprendizaje y el comportamiento.
Las mujeres embarazadas enfrentan un riesgo crítico porque el plomo atraviesa la barrera placentaria y puede causar restricción del crecimiento fetal o parto prematuro.
Y los adultos con exposición crónica —laboral o ambiental— acumulan el metal de forma progresiva, elevando su riesgo de hipertensión, enfermedades cardiovasculares y daño renal.
El plomo es un metal tóxico sin nivel de exposición completamente seguro. Según la OMS, incluso dosis bajas pueden provocar alteraciones neurológicas, problemas de aprendizaje, daño renal y enfermedades cardiovasculares.
Lo que lo hace particularmente peligroso es su capacidad de acumularse. Al no eliminarse con facilidad, tiende a depositarse en huesos y tejidos blandos, donde puede permanecer durante años.
En su forma más grave, la intoxicación aguda puede derivar en convulsiones, coma o la muerte. Sin embargo, la toxicidad leve crónica —con niveles levemente elevados en sangre y sutiles alteraciones cognitivas— es mucho más común y suele pasar desapercibida.
La FDA establece que el límite de referencia para adultos y mujeres en edad fértil es de 8,8 microgramos de plomo al día. Para niños, ese umbral se reduce drásticamente a 2,2 microgramos.
Los especialistas advierten que la toxicidad puede aparecer incluso por debajo de esos valores cuando se suman distintas fuentes de exposición. Un adulto promedio en Estados Unidos ingiere alrededor de 6 microgramos diarios solo a través de la dieta, según el Dr. Pieter Cohen, de la Universidad de Harvard.
La principal herramienta diagnóstica es el análisis de sangre. En pediatría, la prueba es rutinaria y se realiza mediante una simple punción en el dedo o el talón, incluso en ausencia de síntomas.
Cuando la intoxicación es grave, los médicos pueden recurrir a la terapia de quelación, un procedimiento especializado que facilita la eliminación del metal del organismo. Dado que sus efectos más serios son irreversibles, la prevención sigue siendo la estrategia más eficaz.
Prioriza alimentos frescos y mínimamente procesados: carnes, huevos, legumbres y tofu son alternativas más seguras que las proteínas en polvo de origen incierto.
Elige suplementos de marcas certificadas con controles estrictos de metales pesados. Evita cerámicas no certificadas para almacenar alimentos y desconfía de especias de origen desconocido adquiridas en mercados informales.
Si vives en una casa antigua, realiza pruebas profesionales para detectar pintura con plomo. Lava bien manos y alimentos, y mantén una dieta rica en hierro y calcio, minerales que compiten con el plomo en la absorción digestiva y pueden reducir su asimilación por el organismo.