Diagnosticado en 2012, Jerónimo ha enfrentado cambios en su movilidad, independencia y dinámica familiar. Su historia refleja la importancia del acompañamiento médico, la participación de los cuidadores y la adaptación a una enfermedad que transforma la vida cotidiana.

Cuando Jerónimo recibió el diagnóstico de Parkinson en 2012, los primeros cambios en su cuerpo ya llevaban tiempo manifestándose. La rigidez, la lentitud de los movimientos y las dificultades para realizar actividades que antes formaban parte de su rutina comenzaron a modificar su día a día.
Vestirse, bañarse, preparar los alimentos o realizar tareas sencillas dejaron de ser acciones automáticas. Algunas requerían más tiempo y otras, la ayuda de sus familiares. Lo que inicialmente podía parecer un cambio físico terminó convirtiéndose en un proceso que involucró a toda su familia.
Durante años, Jerónimo experimentó síntomas que progresivamente hicieron más evidente la necesidad de buscar atención médica. Sin embargo, uno de los aspectos que más recuerda de esa etapa fue el impacto que tuvo en su entorno familiar y la importancia de aprender a reconocer que necesitaba ayuda.
«Fue algo que impactó a la familia completa. Tiene que ser un trabajo de equipo», expresó al recordar cómo su esposa, sus hijos y otros familiares se convirtieron en parte fundamental de su proceso.
El Parkinson no solamente modificó sus capacidades físicas. También alteró espacios de convivencia que antes disfrutaba con naturalidad, como compartir actividades con sus hijos, jugar pelota o realizar tareas cotidianas.
Jerónimo reconoció que durante un tiempo prefirió guardar silencio sobre lo que estaba experimentando, por temor a las reacciones de las personas de su entorno. Con el paso del tiempo, comprendió que comunicar sus dificultades era necesario para recibir apoyo.
«Estuve años sin decir nada por temor, por tener miedo a qué podían decir. Y fue entonces cuando hablé con la familia, les expliqué todo y ellos me ayudaron a llevar el día a día», relató.
En ese proceso, la atención médica también adquirió un papel determinante. La comunicación constante con su neuróloga, el seguimiento de los síntomas y la búsqueda de alternativas terapéuticas permitieron identificar estrategias para mejorar su funcionamiento cotidiano.
La doctora Marisol Obrador, quien participó en la conversación sobre su experiencia, explicó que la evolución del Parkinson puede manifestarse mediante mayores dificultades para caminar, episodios de congelamiento de la marcha, caídas y problemas para hablar.
Por ello, señaló que uno de los principales objetivos del tratamiento en etapas avanzadas es conservar la movilidad, reducir las complicaciones y mantener al paciente activo.
También destacó que la familia debe participar en el proceso, ya que puede aportar información sobre cambios que no siempre son identificados durante la consulta médica.
Volver a encontrar espacios de independencia
Para Jerónimo, recuperar parte de su confianza ha significado volver a disfrutar actividades que durante un tiempo parecían cada vez más difíciles.
El ejercicio, las terapias, la paciencia y la participación de su familia han formado parte de ese camino. Su esposa también ha sido testigo de una evolución con altibajos, que, según explicó durante el encuentro, ha logrado mantenerse estable durante los últimos dos años.
Aunque reconoce que la enfermedad continúa representando desafíos, Jerónimo destaca la importancia de no enfrentarla en aislamiento y de mantener una comunicación abierta con los profesionales que acompañan su tratamiento.
«Hay vida, hay vida y todo se puede», expresó al compartir una reflexión sobre el acompañamiento de sus hijos y su familia durante los momentos más difíciles.
Su testimonio permite comprender que vivir con Parkinson implica mucho más que atender los síntomas motores. También significa reorganizar las rutinas, aprender a pedir ayuda, aceptar los cambios y encontrar nuevas maneras de participar en la vida familiar.
En ese recorrido, el paciente no está solo. La atención médica, el acompañamiento de los cuidadores y la posibilidad de compartir experiencias con otras personas que atraviesan situaciones similares pueden convertirse en elementos importantes para preservar su bienestar y calidad de vida.
La historia de Jerónimo recuerda que detrás de un diagnóstico hay una persona, una familia y una vida que continúa construyéndose, incluso cuando las circunstancias obligan a cambiar el camino.