Aunque la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa pueden manifestarse con síntomas digestivos, en los niños una caída en la curva de crecimiento o un retraso en la pubertad pueden ser señales tempranas de la enfermedad, incluso antes de que aparezcan molestias gastrointestinales.

La enfermedad inflamatoria intestinal (EII), que incluye principalmente la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, también puede presentarse durante la infancia y la adolescencia. De hecho, alrededor de uno de cada cuatro pacientes diagnosticados con estas condiciones debuta antes de los 20 años, por lo que reconocer sus manifestaciones a tiempo es fundamental para evitar complicaciones y preservar el crecimiento y desarrollo de los menores.
La Dra. Chiara Biaggi, gastroenteróloga pediátrica, explicó durante la Convención Anual de la Asociación de Gastroenterología y Hepatología Pediátrica de Puerto Rico que la enfermedad inflamatoria intestinal en niños tiene características particulares y requiere una vigilancia que vaya más allá de los síntomas digestivos.
Cuando se habla de enfermedad inflamatoria intestinal se hace referencia principalmente a dos condiciones: la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa. Ambas pueden afectar a pacientes pediátricos, aunque su presentación puede diferir de la observada en adultos.
Según la especialista, la enfermedad es más frecuente durante la adolescencia, pero puede aparecer a cualquier edad. Cuando los síntomas comienzan antes de los seis años, especialmente durante los primeros años de vida, los médicos deben considerar también otras posibilidades diagnósticas, como ciertas inmunodeficiencias o enfermedades monogénicas de origen genético, que pueden tener un comportamiento más agresivo.
Entre las manifestaciones que pueden levantar sospechas de una enfermedad inflamatoria intestinal se encuentran las diarreas con sangre, cambios en la frecuencia de las deposiciones y síntomas que aparecen durante la noche.
Un niño que comienza a despertarse repetidamente para ir al baño, presenta modificaciones persistentes en sus hábitos intestinales o tiene sangre en las heces debe ser evaluado por un profesional de la salud para determinar la causa.
Sin embargo, en la población pediátrica existen señales que pueden pasar desapercibidas porque no necesariamente comienzan en el sistema digestivo.
Uno de los principales llamados de atención de la especialista es el impacto que la enfermedad puede tener sobre el crecimiento.
Los niños con enfermedad inflamatoria intestinal pueden presentar rezago en el crecimiento lineal y retraso en la pubertad. En algunos casos, estos cambios aparecen meses antes de que se manifiesten los síntomas gastrointestinales.
"Tú puedes tener un paciente que te está dejando de crecer, que la pubertad se está retrasando y esa es la única manifestación de enfermedad de Crohn", explicó Biaggi.
Por esta razón, la especialista destacó la importancia de revisar la trayectoria de crecimiento del menor y no únicamente observar su peso o estatura en una consulta aislada.
Un niño puede encontrarse dentro de un rango considerado normal en una medición puntual y, aun así, haber experimentado una caída significativa respecto a su propia trayectoria. Por ejemplo, si históricamente se encontraba alrededor de un percentil alto y comienza a descender de manera sostenida, ese cambio puede ser clínicamente relevante.
Para la gastroenteróloga pediátrica, el seguimiento periódico de las curvas de crecimiento es una de las herramientas más sencillas para identificar posibles señales de alerta.
"Un punto en tiempo no es tan importante como esa trayectoria", afirmó.
Por ello, recomendó que los pediatras documenten el crecimiento y la ganancia de peso del niño en cada visita. Esta información también resulta de gran utilidad cuando el paciente es referido a un gastroenterólogo, ya que permite observar cómo ha evolucionado su desarrollo a través de los años.
La falta de crecimiento o de una adecuada ganancia de peso puede convertirse, según la especialista, en una de las razones para considerar una evaluación gastroenterológica.
No todos los pacientes con enfermedad de Crohn presentan la misma evolución. En algunos casos, la inflamación intestinal puede progresar hacia complicaciones estructurales.
Biaggi explicó que una enfermedad de Crohn complicada puede ser estenosante, cuando existe un estrechamiento del intestino, o penetrante, cuando se desarrollan fístulas u otras complicaciones que pueden requerir la participación de un cirujano.
"No queremos que lleguen a eso para nosotros verlo", enfatizó la especialista, al destacar la importancia de identificar y tratar la enfermedad antes de que evolucione hacia estas complicaciones.
Una vez existe sospecha de enfermedad inflamatoria intestinal, la evaluación debe incluir un historial médico detallado, la revisión de las curvas de crecimiento, el estado de desarrollo puberal y los antecedentes familiares.
La especialista señaló que algunos pacientes tienen familiares con enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa, un dato que puede ser relevante durante el proceso diagnóstico.
Entre las pruebas utilizadas se encuentran la endoscopia y la colonoscopia, que permiten determinar la extensión y severidad de la enfermedad y conocer qué áreas del intestino están afectadas.
También pueden realizarse estudios de imágenes, como una resonancia magnética del abdomen, para evaluar segmentos intestinales que no pueden visualizarse mediante procedimientos endoscópicos.
El manejo se divide, de forma general, en una etapa de inducción de la remisión y otra de mantenimiento.
La primera busca controlar la inflamación, lograr la remisión de los síntomas, normalizar los parámetros de laboratorio y permitir que el paciente recupere su crecimiento y pueda retomar sus actividades cotidianas.
Posteriormente, la terapia de mantenimiento busca evitar que la enfermedad vuelva a activarse.
En determinados pacientes pediátricos, particularmente aquellos con enfermedad de Crohn complicada, retraso importante del crecimiento, deterioro de las curvas nutricionales, estrecheces o fístulas, pueden utilizarse medicamentos biológicos como tratamiento de primera línea.
La especialista mencionó entre ellos los agentes anti-TNF, como infliximab y adalimumab.
En algunos pacientes, especialmente durante la inducción de la remisión, puede utilizarse la nutrición enteral exclusiva, un abordaje en el que el menor recibe sus requerimientos calóricos mediante fórmulas nutricionales en lugar de alimentos sólidos.
Este proceso debe realizarse bajo supervisión médica y nutricional y puede administrarse por vía oral o mediante una sonda nasogástrica cuando sea necesario.
De acuerdo con Biaggi, este tratamiento puede extenderse aproximadamente entre ocho y 12 semanas, seguido de una introducción progresiva de alimentos.
La especialista señaló que esta estrategia ha demostrado ser tan efectiva como los esteroides para inducir la remisión en determinados pacientes pediátricos, aunque posteriormente es necesario establecer un tratamiento de mantenimiento para evitar la reaparición de la enfermedad.
Para los padres, uno de los mensajes principales es que las consultas pediátricas no deben limitarse a los momentos en que el niño está enfermo.
Un menor puede sentirse saludable y no presentar síntomas gastrointestinales evidentes, pero una alteración progresiva en su crecimiento o en la ganancia de peso puede ser una señal temprana de que algo no está funcionando adecuadamente.
"Aunque nos sintamos bien y el niño no padezca de nada, hay que ir a su médico primario mínimo una vez al año", recomendó Biaggi.
La vigilancia periódica permite comparar la evolución del peso y la estatura con mediciones anteriores y detectar cambios que, de otra manera, podrían pasar inadvertidos. Para la especialista, identificar estas señales de manera temprana puede facilitar la evaluación por gastroenterología pediátrica y contribuir a intervenir antes de que aparezcan complicaciones.