Vómitos recurrentes, tos después de comer, dificultad para tragar, comer demasiado despacio o necesitar grandes cantidades de agua para pasar los alimentos pueden ser señales de esofagitis eosinofílica, una enfermedad inflamatoria crónica del esófago que puede generar complicaciones si no se trata.

La esofagitis eosinofílica puede presentarse de manera diferente dependiendo de la edad del paciente, lo que en ocasiones dificulta su identificación temprana. Mientras en los niños pequeños puede confundirse con reflujo gastroesofágico, en los adolescentes puede manifestarse mediante dificultades para tragar o incluso episodios de atragantamiento con los alimentos. El Dr. Antonio del Valle, gastroenterólogo pediátrico, explicó las principales señales que deben observar padres y cuidadores.
La esofagitis eosinofílica es una enfermedad en la que se produce inflamación del esófago como consecuencia de una respuesta del sistema inmunológico. De acuerdo con el especialista, el organismo puede reaccionar ante proteínas presentes en determinados alimentos o en el ambiente, provocando una acumulación de eosinófilos, un tipo de glóbulo blanco relacionado con procesos alérgicos e inmunológicos.
Aunque en ocasiones se conoce como una "esofagitis alérgica", el mecanismo es más complejo que una alergia alimentaria convencional. Por ello, no necesariamente significa que el paciente tenga una alergia específica a un alimento.
La enfermedad también presenta una asociación con otras condiciones de tipo alérgico. El especialista señaló que es más frecuente encontrar esofagitis eosinofílica en pacientes con antecedentes de asma, rinitis alérgica o dermatitis atópica, aunque no todos los niños con la enfermedad presentan estas condiciones.
En los niños pequeños, la enfermedad puede presentar síntomas similares a los del reflujo gastroesofágico, entre ellos vómitos recurrentes y regurgitación. Por esta razón, en estas edades puede resultar más difícil distinguir inicialmente ambas condiciones.
"Los niños pequeños presentan los mismos síntomas que presenta un paciente de reflujo gastroesofágico", explicó Del Valle.
Cuando los síntomas persisten pese al tratamiento habitual para reducir la acidez del estómago, el especialista puede considerar la realización de una endoscopia para investigar otras causas.
En los niños mayores, preadolescentes y adolescentes, las manifestaciones pueden ser más características. Entre ellas se encuentran la dificultad para tragar, tardar demasiado tiempo en comer, masticar excesivamente los alimentos o necesitar tomar grandes cantidades de agua para poder tragarlos.
Uno de los retos para identificar la enfermedad es que algunos niños y adolescentes desarrollan estrategias para compensar la dificultad al tragar.
El paciente puede comenzar a masticar más los alimentos, comer lentamente o tomar agua constantemente durante las comidas. Estos comportamientos pueden pasar desapercibidos porque la familia puede interpretarlos como hábitos normales.
"Ellos van compensando y a veces no es obvio esa dificultad para tragar", señaló el gastroenterólogo pediátrico.
En algunos casos, la enfermedad se identifica después de que un paciente llega a una sala de emergencia porque un alimento, como un trozo de carne o pollo, queda atascado en el esófago. Este tipo de episodio puede requerir una endoscopia de emergencia y conducir al diagnóstico.
La apariencia del esófago durante una endoscopia no siempre permite identificar la enfermedad. Según Del Valle, algunos pacientes pueden presentar un esófago que visualmente parece prácticamente normal pese a tener la condición.
Por esta razón, las biopsias son fundamentales para establecer el diagnóstico. El análisis microscópico permite identificar la presencia de eosinófilos y otros cambios que pueden no ser evidentes durante la evaluación visual.
"Las biopsias se deben hacer siempre", enfatizó el especialista al explicar la importancia de obtener muestras durante la endoscopia cuando existe sospecha de la enfermedad.
Una vez diagnosticada la esofagitis eosinofílica, existen diferentes opciones terapéuticas. Entre ellas se encuentran medicamentos y estrategias relacionadas con la alimentación.
En algunos pacientes se utilizan dietas de eliminación, aunque este enfoque puede requerir un seguimiento estrecho y endoscopias repetidas para evaluar la respuesta al tratamiento.
También existen medicamentos eficaces y terapias biológicas. El especialista destacó que actualmente existe una terapia biológica aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) para el tratamiento a largo plazo de la enfermedad.
Aunque se trata de una condición crónica que puede requerir tratamiento continuo, el pronóstico puede ser favorable cuando se mantiene un manejo adecuado.
El objetivo del tratamiento es controlar la inflamación y evitar que la enfermedad progrese. Del Valle señaló que la remisión se puede alcanzar en la gran mayoría de los pacientes cuando mantienen adecuadamente su tratamiento y las recomendaciones relacionadas con la alimentación.
En los pacientes pediátricos, además, la participación de los padres y cuidadores resulta fundamental para garantizar la adherencia al tratamiento, especialmente cuando se requiere modificar la alimentación o mantener medicamentos durante largos periodos.
El pediatra también mantiene un papel esencial en el cuidado del niño. El gastroenterólogo pediátrico funciona como subespecialista para evaluar y manejar las condiciones gastrointestinales que requieren atención especializada.
Aunque los pacientes pueden responder favorablemente al tratamiento, mantener la inflamación durante años sin un manejo adecuado puede generar complicaciones.
Una de las principales preocupaciones es el desarrollo de una estrechez del esófago, que puede dificultar significativamente el paso de los alimentos. En estos casos pueden ser necesarios procedimientos para ampliar nuevamente el esófago.
El diagnóstico y tratamiento oportunos pueden ayudar a prevenir esta complicación y mantener una adecuada calidad de vida.
El especialista recomendó que los padres estén atentos a los cambios en la manera en que sus hijos comen, especialmente cuando se presentan de forma persistente.
En los niños pequeños, algunas señales de alerta pueden incluir:
Vómitos recurrentes.
Regurgitación frecuente.
Tos después de comer.
Carraspeo constante.
En los niños mayores y adolescentes, los padres pueden observar si:
Tardan demasiado tiempo en terminar una comida.
Mastican excesivamente los alimentos.
Necesitan tomar mucha agua para poder tragarlos.
Evitan determinados alimentos por la dificultad que les producen al comer.
Han presentado episodios de atragantamiento o alimentos atascados.
Ante la presencia persistente de estos signos, Del Valle recomendó consultar inicialmente con el pediatra, quien puede determinar si es necesario realizar una evaluación por gastroenterología pediátrica.
La observación también adquiere especial importancia durante la adolescencia, etapa en la que los jóvenes pueden no comunicar con facilidad que tienen dificultades para tragar o que determinados alimentos les resultan difíciles de consumir. Detectar estos cambios y hablar abiertamente sobre ellos puede contribuir a que reciban atención médica antes de que aparezcan complicaciones.