De la primera programadora de la historia a la descubridora de la estructura del ADN, estas científicas rompieron barreras, enfrentaron la invisibilización y dejaron un legado que sigue siendo vigente.

A lo largo de la historia, cientos de mujeres dedicaron su vida a la investigación científica en condiciones de desigualdad, muchas veces sin el reconocimiento que merecían.
En el marco del Día Internacional de la Mujer, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reivindica el papel fundamental que ellas han tenido —y siguen teniendo— en el avance de la humanidad. A continuación, cinco de las científicas más influyentes de todos los tiempos.
Marie Curie (1867–1934) es, probablemente, la científica más reconocida de la historia. Física y química de origen polaco, fue pionera en el estudio de la radiactividad y descubrió dos elementos de la tabla periódica: el radio y el polonio. Según ONU Mujeres, Curie sentó las bases de la ciencia nuclear moderna, desde los rayos X hasta la radioterapia para el tratamiento del cáncer.
Además de sus contribuciones científicas, fundó un instituto de investigación médica en Varsovia e inventó unidades móviles de rayos X que asistieron a más de un millón de soldados heridos durante la Primera Guerra Mundial. Fue la primera mujer en recibir el Premio Nobel y la única persona —hombre o mujer— en ganarlo en dos disciplinas científicas distintas: Física (1903) y Química (1911).
Aunque vivió en pleno siglo XIX (1815–1852), Ada Lovelace es considerada la primera programadora de ordenadores de la historia. Matemática y visionaria, trabajó junto al científico Charles Babbage en el desarrollo de la máquina analítica —precursora de las computadoras modernas—. Entre sus notas sobre este aparato se halló el primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina.
Su legado fue tan significativo que el Departamento de Defensa de los Estados Unidos nombró en su honor un lenguaje de programación: "Ada". La ONU la señala como la persona que sentó las bases del sistema informático que conocemos hoy.
Rosalind Franklin (1920–1958) es uno de los casos más emblemáticos de invisibilización científica. Doctora en Química por la Universidad de Cambridge, logró capturar la Foto 51: la primera imagen que mostraba con claridad la estructura de doble hélice del ADN, uno de los descubrimientos más trascendentales de la biología moderna.
Sin embargo, un colega de su laboratorio compartió la imagen sin su consentimiento con otros investigadores, quienes publicaron el hallazgo y recibieron el Premio Nobel de Medicina en 1962.
Franklin, que había fallecido cuatro años antes a causa de un cáncer de ovario, jamás fue reconocida por el galardón. Hoy, su nombre es símbolo de la lucha contra la discriminación de género en la ciencia.
La física sueca de origen austriaco Lise Meitner (1878–1968) fue una de las mentes más brillantes del siglo XX. Junto con su compañero de investigación Otto Hahn, estudió los elementos radiactivos y fue ella quien calculó la energía liberada en la fisión nuclear, acuñando además ese término que hoy forma parte del vocabulario científico universal.
A pesar de ser la arquitecta intelectual del concepto, fue Hahn quien recibió el Premio Nobel de Química en 1944 por ese descubrimiento, mientras que Meitner fue ignorada por el Comité Nobel. Este caso es conocido históricamente como uno de los mayores errores del premio y refleja la sistemática exclusión de las mujeres en los máximos reconocimientos científicos de la época.
La científica australiana Elizabeth Blackburn (nacida en 1948) es doctora en Biología Molecular y una de las investigadoras vivas más influyentes del mundo. Su mayor aporte fue el descubrimiento de la telomerasa, una enzima que alarga los telómeros —los extremos de los cromosomas—, un mecanismo clave que influye directamente en la vida y el envejecimiento de las células.
Sus investigaciones tienen implicaciones directas en el desarrollo de terapias contra el cáncer y en el estudio del envejecimiento humano. Por estos aportes, Blackburn recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2009, compartido con sus colegas Carol Greider y Jack Szostak.
Nacida en Alemania en 1750, Caroline Herschel comenzó su carrera científica como asistente de su hermano William, astrónomo constructor de telescopios. Sin embargo, su talento pronto la llevaría mucho más lejos. En 1783 descubrió tres nuevas nebulosas —nubes de gas donde se forman las estrellas— y entre 1786 y 1797 identificó ocho cometas, convirtiéndose en la primera mujer en lograr ese hito en la historia de la astronomía.
Sus logros rompieron múltiples barreras: fue la primera mujer cuyo trabajo fue publicado por la Royal Society, la prestigiosa institución científica británica, y la primera en recibir un salario por realizar trabajo científico. Falleció en 1848 a los 97 años, dejando un legado astronómico que la ONU reconoce como fundamental en la historia de las mujeres en la ciencia.