Un experto explica qué hay detrás del fenómeno que crece en las redes sociales de personas que sienten una conexión profunda, identitaria o simbólica, con un animal específico, lo que puede expresarse en conductas, estética o formas de autopercepción.

Caminan en cuatro patas, usan orejas, colas y atuendos que imitan a perros, gatos o zorros. Se llaman a sí mismos therians y su presencia en las redes sociales genera tantas preguntas como reacciones.
¿Es una tendencia pasajera o algo más profundo? Desde la revista Medicina y Salud Pública conversamos en exclusiva con el doctor José Pons, neuropsicólogo clínico y forense, miembro de la Facultad de la Escuela de Medicina de Ponce, ayuda a descomponer un fenómeno que no admite una sola respuesta.
Lo primero que advierte el doctor Pons es que descartar el comportamiento como una simple moda sería un error. Hay razones físicas, antes que psicológicas, que muestran que imitar a un animal no es algo trivial.
"Nosotros antes caminábamos en cuatro patas. Lo que nos permitió levantarnos fue la movida del foramen magno en la base del cráneo. Imitar a un perro implica intentar hacer algo que va en contra de cómo está construida toda la osamenta nuestra", explica el especialista.
En otras palabras, adoptar esa postura provoca tensión muscular, dolor en el cuello y en la nuca. "Esto duele. Entonces hay que tener algunas motivaciones para pasar por esta incomodidad. No es una mera ´changuería´, es algo más serio."
Según el doctor Pons, las motivaciones pueden ser muy distintas según el joven. En algunos casos se trata de la necesidad de encajar con el grupo de pares. En otros, de llamar la atención ante una carencia afectiva.
También puede reflejar lo que el especialista llama "un atascamiento en el proceso de creación de la identidad" y, en una minoría de casos, podría ser manifestación de trastornos disociativos.
Un elemento que no debe ignorarse es el contexto cultural. La sociedad adulta, señala Pons, ha elevado a los animales domésticos a un estatus casi humano: los pasean en cochecitos, les compran ropa, les celebran cumpleaños. "Puede haber niños que digan: déjame ser un animal para que me traten bien", apunta el psicólogo.
Para el doctor Pons, la clave para entender casos más complejos está en cómo se forma la identidad desde la infancia. Todo comienza con el reconocimiento del propio cuerpo, un proceso que depende en gran medida de la relación con los padres o cuidadores.
"El esquema corpóreo es la base de la identidad. Yo primero soy cuerpo, reconozco mi cuerpo. Cuando esa relación bioconductual y de apego se da normalmente entre unos padres y un infante, el niño aprende a reconocer su cuerpo en el género, aprende a conocer su identidad. Cuando hay rompimiento en eso, se da un vacío, porque ahora yo no estoy muy claro de quién yo soy."
Ese vacío, en algunos jóvenes, puede canalizarse de formas inesperadas, incluyendo la identificación con un animal.
El especialista distingue entre una conducta exploratoria normal y un síntoma que merece atención clínica.
La disociación, que en cierta medida todos experimentamos, puede volverse problemática cuando el joven utiliza la identificación animal como mecanismo para escapar de experiencias dolorosas o traumáticas, como el abuso o el abandono.
"Mientras yo esté en esto, mi mente está focalizada en otras cosas. Yo diría que es la minoría de los casos, pero las disociaciones son bastante frecuentes. Cuando se pierde la conexión entre la realidad y la disociación, entonces se convierte en un problema", advierte Pons.
La tentación de algunos padres de ridiculizar o castigar el comportamiento puede ser contraproducente, advierte el experto. Humillar a un adolescente en pleno proceso de construcción identitaria "le lacera como puñaladas en el pecho", porque todavía está aprendiendo del ambiente quién es y cómo se proyecta.
En cambio, el doctor Pons recomienda convertir el momento en una oportunidad de diálogo. "Yo aprovecharía la ocasión, preguntaría por qué está disfrutando esto, qué creemos que podemos hacer para que derives ese mismo nivel de placer, y hasta cuándo crees que vas a necesitar esto para sentirte bien. Es una conversación completa que tenga principio y fin, que no le destruya la autoestima."
La pregunta de fondo, sostiene el especialista, no es si el joven quiere ser un perro o un gato. La pregunta real es quién es, cómo se siente y qué necesita. Y esa conversación, dice Pons, vale la pena tenerla.