Un medicamento conocido desde hace miles de años acumula evidencia científica que lo posiciona como potencial protector frente a ciertos tipos de cáncer, especialmente el colorrectal.

Los hallazgos más relevantes provienen de dos ensayos clínicos de gran escala. El primero, liderado por el profesor John Burn de la Universidad de Newcastle, siguió durante diez años a 861 pacientes con síndrome de Lynch, una condición genética que eleva drásticamente el riesgo de cáncer colorrectal.
Quienes tomaron una dosis diaria de aspirina durante al menos dos años redujeron a la mitad su riesgo de desarrollar la enfermedad. Un segundo ensayo, actualmente en evaluación de pares, sugiere que dosis mucho más bajas, de entre 75 y 100 miligramos, podrían ser igual de eficaces o incluso más efectivas, con menores efectos secundarios.
El segundo gran estudio fue conducido por la profesora Anna Martling, del Instituto Karolinska en Suecia, con casi 3.000 pacientes operados de cáncer intestinal o rectal. Quienes tomaron 160 mg diarios de aspirina presentaron menos de la mitad del riesgo de recurrencia.
Publicado en septiembre de 2025, el estudio tuvo efectos inmediatos en la política sanitaria: desde enero de 2026, Suecia aplica pruebas de detección de mutaciones tumorales específicas a pacientes con cáncer intestinal y ofrece aspirina a quienes las presentan.
Durante décadas, los científicos no lograban explicar con precisión por qué la aspirina parecía frenar el cáncer. Hoy, dos mecanismos principales están bajo la lupa.
El primero involucra una enzima intracelular llamada COX-2, que la aspirina inhibe. Esta enzima participa en la producción de prostaglandinas, compuestos que pueden activar vías de señalización vinculadas al crecimiento celular descontrolado, uno de los sellos distintivos del cáncer.
El segundo mecanismo fue identificado más recientemente por el profesor Rahul Roychoudhuri, de la Universidad de Cambridge. Su equipo descubrió que un factor de coagulación llamado tromboxano A2 puede activar un gen que impide a las células T del sistema inmunológico detectar y destruir células cancerosas metastásicas.
Dado que la aspirina inhibe ese factor, podría estar haciendo que las células cancerosas resulten más visibles para las defensas del organismo. Estudios en humanos han reforzado esta hipótesis al encontrar que pacientes con cáncer colorrectal o gastroesofágico presentan niveles de tromboxano significativamente más elevados que las personas sanas, incluso meses después de un tratamiento exitoso.
Los resultados ya han comenzado a modificar las recomendaciones médicas oficiales. En Reino Unido, las guías clínicas se actualizaron en 2020 para indicar que las personas con síndrome de Lynch deben comenzar a tomar aspirina alrededor de los 20 años, o a los 35 en los casos menos severos. En Suecia, la medida más reciente va un paso más allá al incorporar la detección de mutaciones tumorales como criterio para prescribir el medicamento.
La replicación de resultados es, sin embargo, un requisito indispensable antes de ampliar las recomendaciones. La profesora Ruth Langley, del University College de Londres, dirige actualmente un ensayo con 11.000 participantes en Reino Unido, Irlanda e India, evaluando el efecto de dosis preventivas de 100 y 300 miligramos en cánceres de mama, colorrectal, gastroesofágico y de próstata. Los resultados se esperan en los próximos meses.
A pesar del entusiasmo científico, los investigadores son enfáticos en la necesidad de cautela. La aspirina puede provocar efectos secundarios serios, entre ellos úlceras gástricas, hemorragias internas e incluso sangrados cerebrales, lo que descarta su consumo generalizado en la población sana.
El consenso actual apunta a que los principales beneficiados serían las personas con síndrome de Lynch o con antecedentes de cáncer intestinal, siempre bajo supervisión médica. Algunos investigadores, como el propio Burn, consideran que una perspectiva de salud pública más amplia podría justificar su uso en personas de alrededor de 50 años, basándose en estudios que proyectan una reducción del 4% en la mortalidad nacional por todas las causas si se adoptara ese enfoque. Sin embargo, esa postura sigue siendo minoritaria entre los especialistas.
"Consulte siempre a un médico u otro profesional de la salud antes de comenzar a tomar aspirina", advierte Langley. La evidencia es prometedora, pero la automedicación en este contexto puede ser tan peligrosa como la enfermedad que se busca prevenir.