La sífilis puede permanecer en el organismo durante años sin causar síntomas evidentes. Aunque es una infección curable cuando se detecta a tiempo, el retraso en el diagnóstico puede provocar daños irreversibles en el cerebro, el corazón, los ojos y otros órganos, además de representar un riesgo para el embarazo.

Una pequeña llaga que desaparece sola puede parecer un problema resuelto, pero en el caso de la sífilis puede ser apenas el inicio de una infección capaz de permanecer oculta durante años. Esta enfermedad de transmisión sexual, causada por la bacteria Treponema pallidum, continúa siendo un importante desafío de salud pública debido a que muchas personas desconocen que están infectadas hasta que aparecen complicaciones graves. La buena noticia es que, si se diagnostica de manera temprana, tiene cura y el tratamiento puede evitar daños permanentes.
La sífilis se transmite principalmente mediante relaciones sexuales vaginales, anales u orales por contacto directo con una lesión infecciosa. También puede transmitirse de la madre al bebé durante el embarazo o el parto.
El primer síntoma suele ser un chancro, una pequeña llaga que aparece aproximadamente tres semanas después del contagio. Generalmente no produce dolor y puede localizarse en los genitales, el recto o la boca, por lo que muchas personas no la notan. Además, desaparece espontáneamente entre tres y seis semanas después, lo que puede generar la falsa impresión de que la infección se resolvió, cuando en realidad la bacteria continúa presente en el organismo.
La sífilis progresa en cuatro etapas, cada una con características diferentes.
La sífilis primaria se caracteriza por la aparición del chancro en el lugar por donde ingresó la bacteria.
En la sífilis secundaria puede aparecer un sarpullido que habitualmente no produce picazón y que puede extenderse por el tronco, las extremidades, las palmas de las manos y las plantas de los pies. También pueden presentarse fiebre, dolor de garganta, inflamación de los ganglios, fatiga, dolores musculares, caída del cabello y lesiones en la boca o en la zona genital.
Posteriormente llega la sífilis latente, una fase en la que desaparecen los síntomas, pero la infección permanece activa. Esta etapa puede prolongarse durante años sin manifestaciones clínicas.
Si nunca recibe tratamiento, entre el 30% y el 40% de las personas pueden desarrollar sífilis terciaria, la fase más avanzada de la enfermedad.
La sífilis avanzada puede afectar prácticamente cualquier órgano del cuerpo.
Entre las complicaciones más graves se encuentran el compromiso del cerebro y del sistema nervioso, que puede provocar meningitis, accidente cerebrovascular, alteraciones de la memoria, cambios de personalidad, dificultad para concentrarse e incluso síntomas similares a la demencia.
La infección también puede comprometer los ojos y causar dolor, disminución de la visión e incluso ceguera. Asimismo, puede afectar los oídos, produciendo pérdida auditiva, zumbidos o vértigo.
En el sistema cardiovascular puede ocasionar daños en la aorta, los vasos sanguíneos y las válvulas del corazón. Además, las lesiones producidas por la sífilis aumentan el riesgo de adquirir o transmitir el VIH durante las relaciones sexuales.
Los especialistas advierten que el tratamiento elimina la bacteria, pero no puede revertir el daño ya ocasionado en órganos afectados, de ahí la importancia del diagnóstico oportuno.
La sífilis durante el embarazo representa un riesgo importante porque la bacteria puede atravesar la placenta e infectar al bebé antes del nacimiento o transmitirse durante el parto.
La sífilis congénita aumenta el riesgo de aborto espontáneo, muerte fetal y muerte del recién nacido. Los bebés infectados también pueden presentar anemia, alteraciones óseas, problemas hepáticos, ictericia, sordera, deformidades dentales y otras complicaciones que pueden aparecer desde el nacimiento o meses después.
Por esta razón, las guías médicas recomiendan que todas las personas embarazadas se realicen una prueba de detección durante el primer control prenatal.
El diagnóstico se realiza principalmente mediante análisis de sangre que detectan anticuerpos contra Treponema pallidum. En algunos casos también pueden analizarse muestras obtenidas directamente de una llaga y, cuando existe sospecha de compromiso neurológico, líquido cefalorraquídeo mediante una punción lumbar.
Los especialistas recomiendan acudir al médico si aparecen llagas genitales, lesiones en la boca, sarpullidos inexplicables o secreciones inusuales. También aconsejan realizarse pruebas cuando se ha tenido contacto sexual con una persona diagnosticada con sífilis, si se tiene otra infección de transmisión sexual, durante el embarazo o cuando existen múltiples parejas sexuales o relaciones sin preservativo.
La sífilis es una infección curable. El tratamiento de elección en todas las etapas es la penicilina y, cuando la enfermedad se detecta en fases tempranas, con frecuencia una sola dosis es suficiente para eliminar la bacteria.
Sin embargo, haber padecido sífilis no genera inmunidad. Una persona puede volver a infectarse si se expone nuevamente a la bacteria, por lo que las medidas de prevención siguen siendo fundamentales.
No existe una vacuna contra la sífilis. La mejor estrategia para reducir el riesgo consiste en mantener prácticas sexuales seguras, utilizar preservativo, realizarse pruebas periódicas cuando existe mayor riesgo de exposición y notificar a las parejas sexuales en caso de un diagnóstico positivo para que también puedan ser evaluadas y tratadas.
Ante cualquier llaga que no duela, un sarpullido sin explicación o síntomas compatibles con una infección de transmisión sexual, consultar de forma temprana puede marcar la diferencia entre una enfermedad completamente curable y complicaciones que pueden ser permanentes.