Infecciones bacterianas poco frecuentes pueden simular tumores o linfomas, lo que retrasa el diagnóstico y, en algunos pacientes, obliga a tratamientos prolongados de hasta dos años para evitar complicaciones graves.

Aunque los rasguños de gato suelen asociarse con lesiones menores y las bacterias ambientales pasan desapercibidas para la mayoría de las personas, algunas infecciones poco frecuentes pueden imitar enfermedades oncológicas y convertirse en un verdadero desafío diagnóstico. Especialistas expusieron dos casos clínicos que ilustran cómo estas patologías pueden confundirse con cáncer, retrasar el tratamiento adecuado y, en situaciones complejas, requerir terapias antibióticas durante años.
La enfermedad por arañazo de gato es causada por una bacteria que puede ingresar al organismo tras un rasguño profundo de un felino. Aunque la lesión en la piel suele cicatrizar sin mayores complicaciones, el microorganismo puede propagarse a través del sistema linfático y afectar otros órganos.
Su manifestación más frecuente es la inflamación dolorosa de los ganglios linfáticos, especialmente en las axilas. Sin embargo, cuando compromete órganos como el pulmón, puede formar granulomas que en estudios de imágenes son difíciles de distinguir de un cáncer de pulmón o de un linfoma.
Uno de los casos presentados correspondió a un paciente que había sido sometido a múltiples biopsias ante la sospecha de una enfermedad oncológica. Solo después de una evaluación más detallada se identificó un antecedente de contacto reciente con un gato y las pruebas serológicas confirmaron la infección bacteriana como la verdadera causa del cuadro clínico.
Los especialistas enfatizaron que esta infección no ocurre únicamente por contacto con gatos callejeros.
Aunque los animales sin hogar pueden representar un mayor riesgo, también existen casos documentados asociados con gatos domésticos, por lo que cualquier persona que conviva con felinos debe conocer esta posibilidad si desarrolla ganglios inflamados tras un rasguño.
Una vez confirmado el diagnóstico, el tratamiento suele ser relativamente corto y responde bien a antibióticos. La azitromicina continúa siendo la terapia de elección, aunque existen otras alternativas cuando está contraindicada.
El segundo caso clínico abordó las infecciones por micobacterias no tuberculosas o atípicas, un grupo de bacterias presentes de forma natural en el agua y el ambiente que difieren de la bacteria causante de la tuberculosis.
Estas infecciones suelen afectar a personas con alteraciones en la piel o enfermedades que facilitan la entrada de microorganismos, como el linfedema crónico, aunque también pueden presentarse en pacientes con diabetes, enfermedades pulmonares o edad avanzada.
Su diagnóstico representa un reto porque requieren cultivos especializados y, además, muchas especies muestran resistencia a los antibióticos convencionales.
A diferencia de otras infecciones bacterianas, las micobacterias atípicas requieren tratamientos prolongados.
En los casos pulmonares, el tiempo terapéutico comienza a contarse únicamente después de que los cultivos se negativizan y, desde ese momento, debe mantenerse la terapia durante un año adicional para reducir el riesgo de recaída.
En el caso presentado durante la convención, un paciente con una infección severa en los pies recibió antibióticos durante dos años. La evolución fue lenta, pero favorable, permitiendo evitar la amputación de la extremidad que inicialmente se había considerado debido a la gravedad del compromiso infeccioso.
Los casos expuestos resaltan la importancia de una evaluación clínica completa, incluyendo antecedentes como el contacto con animales o la exposición al agua, antes de asumir un diagnóstico de cáncer.
Para los especialistas, reconocer estas infecciones poco frecuentes permite iniciar el tratamiento adecuado de forma temprana, evitar procedimientos innecesarios y mejorar el pronóstico de pacientes que, en algunos casos, enfrentan procesos terapéuticos largos pero potencialmente curativos.