"Poner por encima del ego y los aplausos al paciente, es impactar positivamente su vida y dignidad"

Desde la infancia, la Dra. Lenisse Candelario desarrolló su deseo de ser médica por la educación recibida en casa, el ejemplo de su madre y el contacto temprano con realidades sociales duras. Su vocación no surge sólo del conocimiento, sino de una compasión genuina por el humano.

Katherine Ardila

    Poner por encima del ego y los aplausos al paciente, es impactar positivamente su vida y dignidad

    En una emotiva charla con la Revista Medicina y Salud Pública, la Dra. Lennisse Candelario, una médica dominicana, compartió el recorrido personal y profesional que la moldeó, desde sus primeros años en un hogar humilde hasta su consagrada dedicación a los cuidados paliativos. 

    La doctora creció en República Dominicana en la década de los 80, en un entorno familiar donde los recursos materiales eran un poco escasos pero el compromiso con la formación era abundante. 

    Su madre, una educadora que en su momento llegó a dar clases por radio, fue la figura central que inculcó en ella el valor del saber. Esto la impulsó académicamente, pero fue un encuentro fortuito en su vecindario el que dio luz a su vocación médica:

    En los años 90, siendo aún una niña, la realidad del VIH/SIDA con todo su estigma y desinformación era palpable. Una promotora de salud que vivía al lado de su casa tenía material educativo sobre la enfermedad, y aquella exposición a una realidad tan dura para la época dejó una huella en la pequeña. De la mezcla entre la inocencia infantil y una compasión temprana nació determinación, al menos, asi lo asegura la doctora Lennisse. 

    "Yo vivía al lado de una persona que era promotora de salud... Ella tenía mucho material sobre VIH. Entonces en ese momento había muchísimo ruido alrededor con esta condición... Y bueno, dentro de un poco la ingenuidad de la infancia... le decía que yo quería ser médico porque yo quería buscar la cura para el VIH", recuerda. 

    Esto no era del todo un simple "juego de niños"; pues terminó convirtiéndose en pasión: " Así fue como a los 5 años, yo decidí que quería ser médico. No hubo peluche que se me salvara porque a todos los inyectaba y los atendía. De esa necesidad de cuidar, fue como surgió la idea de iniciar este camino". 

    La universidad: disciplina, duda y la elección crucial del entorno

    Gracias a su excelencia académica, ingresó a la escuela de medicina a una edad muy temprana, a los 17 años. Aunque la sombra de la duda la rozó al enfrentar la magnitud de la carrera, la disciplina familiar y una ética de trabajo férrea la sostuvieron. 

    Sin embargo, uno de sus aprendizajes más valiosos no provino de las aulas de anatomía, sino de la vida universitaria misma. Al salir del entorno protector y estructurado de su familia, se enfrentó a la diversidad de realidades y caracteres.

    Fue entonces cuando tomó una decisión consciente que marcaría su futuro: elegir cuidadosamente a las personas con las que se rodearía. Comprendió que el ambiente académico y personal es fundamental para el éxito y la salud emocional.

    "Tuve muy buena elección en la universidad de los amigos con los que me iba a rodear... De mi grupo inmediato la menos destacada académicamente era yo y no porque fuera mala, sino que mi grupo era muy bueno... y eso definitivamente fue la diferencia", explica. 

    ¿Nefrología o medicina familiar?

    Al culminar la carrera, su plan profesional estaba aparentemente trazado: aspiraba a ser nefróloga. La vida, no obstante, tenía otros designios. 

    Un resultado inesperado en el examen nacional de residencias la llevó, casi por azar y siguiendo el consejo de una amiga, a postularse para la especialidad de Medicina Familiar, un campo sobre el que, en ese momento, sabía muy poco.

    De hecho, su acercamiento inicial fue tan fortuito que la noche anterior a la entrevista de residencia, una compañera la alertó. "Mi compañera que se había entrevistado ese día en otra especialidad, en ese mismo hospital, me llama y me dice, ¿y tú sabes lo que es la medicina familiar? Y le digo, no tengo idea, y me dice, te lo van a preguntar, revisa eso", confiesa, admitiendo que el concepto que elaboró esa noche distaba mucho de la realidad que luego descubriría.

    El primer año de residencia fue un torbellino de guardias extenuantes y trabajo clínico masivo que dejaba poco espacio para la reflexión. Fue en su segundo año, durante una conferencia científica en su hospital, donde una exposición sobre sistemas de salud y modelos de atención le abrió los ojos:

    "Ahí vi una cara distinta... y ahí hice clic con otros conceptos dentro de la medicina familiar y me di cuenta que medicina no era solamente poner un estetoscopio o dar una receta a un síntoma, sino que había muchas cosas más alrededor". Comprendió que la medicina era también contexto, administración, y una visión holística del paciente.

    Cuando, estando ya consolidada en el hospital, se le presentó la oportunidad de retomar su camino original hacia la nefrología, tomó una decisión bastante importante para su vida. "Le dije a la persona que no, que a mí me estaba yendo muy bien en medicina familiar y decidí quedarme en la carrera". 

    Esta elección se basaba en una filosofía profunda que había germinado en ella: "la decisión de ser bueno tiene muy poco que ver con la especialidad a la que tú entres, porque al final la materia prima es la misma... si tú pierdes de vista la perspectiva de que eres una persona que atiende a otra persona... va a ser cuestionable la calidad de tu atención". Para ella, la esencia de un buen médico va más allá de la etiqueta de su especialidad.

    El paso a los cuidados paliativos y el encuentro con la finitud

    Hace tres años, su trayectoria dio un nuevo y significativo giro hacia los cuidados paliativos. "Entendí que yo había nacido para ser paliativista". Un mentor le dijo que ser paliativista no es solo un título, sino una cualidad intrínseca. Sin embargo, este camino exigió el trabajo interno más arduo de su vida: confrontar la mortalidad y sus miedos más profundos.

    "Fue una lucha personal que tuve porque es imposible prestar atención a pacientes y familias en situación de final de vida sin hablar de la muerte. Entonces poder normalizar el proceso de morir, poder resignificar el concepto de muerte, eso para mí fue de la parte más difícil", relata.

    Comprendió que para acompañar a otros en su tránsito más vulnerable, primero debía hacer las paces con el suyo propio. "No se puede acompañar a pacientes y familias desde tu propio miedo... Tú necesitas pasar un poco por tu proceso personal, mirar ese concepto de muerte, resignificarlo, atreverse a mirarlo a los ojos para entonces poder acompañar".

    Esta preparación fue puesta a prueba en casos que la conmovieron hasta el núcleo de su ser, como el de una paciente joven, madre como ella, con cáncer de mama. "Para mí fue verme reflejada en su historia... ese momento fue muy íntimo porque yo dije yo, no hay nada que ella tenga que no tenga yo. Puedo ser yo quien esté acostada en esa cama". 

    Estas experiencias dejan a la vista, en palabras de la experta, la necesidad de un robusto soporte emocional y psicológico para los equipos de cuidados paliativos, un aspecto que ella enfatiza como no negociable para evitar el desgaste por compasión.

    Un legado de conexión humana en la era digital

    Hoy, como parte de la familia de la revista Medicina y Salud Pública, la Dra. Lennisse Candelario encuentra una plataforma para lo que siempre ha creído: la educación al paciente, orientando con entrevistas, artículos y visibilizando situaciones de la práctica médica. 

    No obstante, en un mundo saturado de datos y amenazado por la deshumanización, clama por preservar la esencia del acto médico. "A las personas no les importa cuánto tú sabes hasta que saben cuánto tú les importas", afirma. 

    Pues, en su perspectiva, "ninguna máquina, ninguna inteligencia artificial va a poder reemplazar la capacidad de cuidar que tiene un ser humano a otro ser humano. Así que las cosas que no dicen los libros, las cosas que se aprenden desde el escritorio al tener enfrente a un paciente, son los momentos que van a definir realmente la calidad del profesional que tú quieres ser".

    Para despedir, comentó que: "Pienso que el compromiso con el servicio empieza primero por reconocerse uno como persona que se compromete a cuidar a otra persona. No se puede ser un buen profesional sin antes ser una buena persona", sentencia. 

    Su llamado es a construir una medicina donde el éxito se mida no en prestigio o ganancias, sino en la capacidad de "poner por encima del ego, por encima de los aplausos, por encima del reconocimiento... realmente poder impactar positivamente la vida y la calidad de vida de las personas para que juntos construyamos vidas a personas que merecen vivirlas con dignidad". En su historia, la medicina encuentra su verdadero norte: el servicio humilde y competente al otro.



    Más noticias de Humanidades Médicas