El doctor Óscar Rodríguez, pediatra de más de 50 años, y su esposa Elisa Vega, farmacéutica y administradora universitaria, hablan de vocación, amor y el futuro de la salud en Puerto Rico.

Cuando el doctor Óscar Rodríguez dice que los árboles mueren de pie, no lo dice como metáfora. Lo dice porque lleva más de medio siglo viendo pacientes y todavía no ha encontrado la manera de parar.
Su esposa Elisa Vega, farmacéutica formada en la Universidad de Puerto Rico y parte de su administración durante décadas, tampoco parece haber encontrado cómo desconectarse del todo de lo que fue su mundo profesional.
Son una pareja que construyó su vida desde dos esquinas distintas del sistema de salud y educación del país, y que hoy, con 42 años juntos, miran hacia atrás con satisfacción y hacia adelante con una mezcla de preocupación honesta y esperanza genuina. Y en esta ocasión ambos se detienen para contar su historia en exclusiva a la revista Medicina y Salud Pública.
La trayectoria del doctor Rodríguez comenzó con un revés que resultó ser un regalo. En 1969 se graduó de la Universidad de Puerto Rico con 178 créditos y un promedio de 3.8, pero la Escuela de Medicina lo dejó en lista de espera.
Lejos de rendirse, se matriculó en una escuela de medicina en Valencia, España, lo que además lo alejó del servicio militar en Vietnam. Semanas después, la universidad en Puerto Rico lo llamó de regreso. Fue entonces cuando conoció al profesor Torres Pinedo, un médico español que se convirtió, en sus propias palabras, en "el viento del día de delante para toda la vida."
Graduado en 1974, Rodríguez se inclinó por la pediatría porque el 80% de los niños, explicó, no padecen enfermedades graves. Lo que no anticipó fue que ese margen del 20% restante lo llevaría a fundar y dirigir unidades de intensivo pediátrico, presidir facultades hospitalarias y eventualmente llegar a tener cinco hospitales con 50 pediatras bajo su coordinación.
Él eligió la pediatría casi por descarte: veía a los pacientes mayores correr en camillas por los pasillos de la emergencia y supo que ese no era su lugar. Ella eligió la farmacia y nunca se alejó de la universidad que la formó.
"Él curaba niños, yo dispensaba medicamentos", resume Elisa con sencillez. Lo que no dice, pero se intuye, es que ambos entendieron desde temprano que su trabajo no era solo técnico, sino profundamente humano.
El doctor Rodríguez pasó por la práctica privada, las salas de intensivo pediátrico, la dirección de cinco hospitales con 50 pediatras y la presidencia del Colegio de Médicos Cirujanos de Puerto Rico entre 2002 y 2004, una de las etapas más turbulentas del gremio médico en la isla.
Elisa, por su parte, lo dice con una sonrisa y sin titubear. Su vida profesional transcurrió casi íntegramente dentro de la UPR, desde su formación en farmacia, que comenzó en Río Piedras y terminó en el Recinto de Ciencias Médicas, hasta décadas de trabajo en la administración universitaria bajo presidentes de distintas formaciones y estilos.
Cada jefe, recuerda, le dejó una enseñanza diferente. "Fui feliz en la universidad. El momento en que decidí retirarme era el momento que me tenía que retirar, ni antes ni después."
Hoy, retirada, ejerce con orgullo otro rol: el de abuela. "Yo estoy convencida de que soy una buena abuela", dice, y lo argumenta con la misma convicción con que habló de su carrera.
Con la misma franqueza con que habla de su vida, el doctor Rodríguez describe una emergencia que todavía no explota pero que ya tiene fecha. Cuando comenzó su carrera, en Puerto Rico nacían cerca de 70,000 niños al año. El año pasado nacieron 17,000. De los 30 pediatras que se gradúan anualmente en la isla, 25 emigran. La edad promedio del pediatra puertorriqueño supera los 65 años.
"Tú pides una cita y te la dan para seis u ocho meses", advierte. La solución, dice, no es solo económica: "El gobierno tiene que estimular razones para quedarse. Hay que mirar el sistema completo, es 360 grados."
El autismo es otra de sus preocupaciones urgentes. Tiene más de 50 pacientes con ese diagnóstico y observa que muchos niños llegan tarde al sistema, cuando una intervención temprana habría marcado una diferencia enorme. "Puerto Rico no está preparado para bregar con su población autista", afirma, y llama a investigar con seriedad por qué la incidencia en la isla parece ser más alta que en otros lugares.
La fórmula que esta pareja ofrece para sostenerse durante décadas tampoco es complicada, aunque exige trabajo.
"Tienes que tener ganas de ser feliz, ganas de compartir y ganas de enfrentar los problemas", dice Elisa. El doctor lo pone a su manera: "Ella me pelea todos los días y yo la ignoro." Ella sonríe y no lo desmiente del todo.
Lo que sí los une sin discusión es la resiliencia. Durante un viaje reciente a España, Elisa sufrió una caída fuerte, de frente, de rodillas. Terminaron el itinerario completo. El guía turístico pidió fotografiarse con ella. "Los boricuas somos resilientes", dijo él. "Nos levantamos siempre."
Al cierre de la conversación, cada uno dejó su reflexión. El doctor Rodríguez habló de actitud, resiliencia y valentía para asumir cambios. "No podemos seguir complacientes. Los que no nos faltan no vamos a contar a los que sí les falta, y no hacemos nada por ellos." Elisa Vega apuntó a algo más íntimo: "La voluntad individual. Si quiero hacer un cambio, tengo que empezar por mí."
Y el doctor, que sigue recibiendo pacientes recién nacidos cada mes y que no encuentra la manera de jubilarse, cerró con la convicción que ha guiado su vida entera: "Yo tengo, como pediatra, mucha esperanza en el futuro."