La gastroenteróloga pediátrica puertorriqueña encontró su vocación desde niña, inspirada por su abuela y por el vínculo especial con los niños. Hoy, después de años acompañando a pacientes y familias, asegura que ellos también se han convertido en sus grandes maestros.

Mucho antes de convertirse en gastroenteróloga pediátrica, Wihelma Echevarría Cortés ya sabía que quería ser médica. Su primera inspiración llegó de una manera inesperada: a través de su abuela.
Durante los veranos que pasaba con su abuela en el campo, la acompañaba mientras hacía las compras para el pequeño colmado familiar y las llevaba de casa en casa. Pero su abuela también ayudaba a quienes lo necesitaban: ponía inyecciones y realizaba procedimientos menores.
Y Wihelma era su asistente.
"Yo creo que de ahí yo dije: esto está chévere", recuerda entre risas.
Desde niña también le fascinaba observar a los médicos. Le sorprendía cómo podían escuchar y examinar a una persona durante unos minutos y saber cómo ayudarla. Hasta el olor del alcohol en los consultorios le resultaba agradable.
Sabía que quería estudiar Medicina. Lo que todavía no sabía era que terminaría dedicándose a los niños.

Echevarría creció como hija única, pero sus padres procuraron que siempre estuviera rodeada de niños. Primos y familiares pequeños llenaban su casa y, durante su adolescencia, también estuvo a cargo de su cuidado en la iglesia.
"Para mí no hay nada más noble que un bebé y que yo pueda ayudarlo", afirma.
Aunque durante su formación llegó a considerar otras especialidades, como ginecología, terminó siguiendo su primera ilusión: la pediatría.
Estudió premedicina y Medicina en la Universidad de Puerto Rico y realizó su residencia en Pediatría en el Hospital Pediátrico. Allí comenzó a acercarse a la gastroenterología pediátrica y a ver en pacientes enfermedades que hasta entonces había estudiado en los libros, como Crohn y colitis ulcerosa.
Una invitación del doctor Antonio del Valle para realizar una rotación de dos semanas en Yale terminó de convencerla de que esa era la especialidad que quería seguir.
La experiencia también reforzó una idea que ha guiado su vida: mantener la mente abierta y aprovechar las oportunidades puede cambiar el rumbo de una persona.

Sus primeros años atendiendo niños estuvieron acompañados por el miedo. En la unidad de cuidados intensivos neonatales llegó a tener bajo su responsabilidad bebés tan pequeños que podían caberle en una mano.
Tenía que sacarles muestras, obtener sangre y pasar noches enteras pendiente de ellos.
"Me toca a mí ayudar a estos bebés", recuerda haber pensado.
Frente a esa responsabilidad, decidió confiar en su preparación, en quienes le enseñaban y en Dios. Poco a poco, el miedo se transformó en confianza.
Y esa experiencia le dejó una de las razones por las que siente tanta admiración por los niños: su capacidad de confiar.
Para ella, pocas cosas son más dolorosas que ver cómo alguien rompe esa confianza.

Ser especialista en niños significa también acompañar a sus familias. En su consulta no solamente está el paciente: están la madre, el padre, los abuelos o quienes están a cargo de cuidarlo, cada uno con sus propios miedos y preguntas.
Ahora que ella también es madre, asegura comprender todavía más profundamente ese temor. Su esposo, el Dr. Leonardo Ortiz, pediatra, comparte además su vocación por la atención de los niños.
Para Echevarría, la relación médico-familia debe construirse sobre la confianza. Eso implica escuchar, explicar la evidencia y permitir que los padres tomen decisiones informadas, pero también establecer límites cuando una decisión puede perjudicar al menor.
Uno de los ejemplos que menciona es el de las vacunas, especialmente importantes para sus pacientes inmunocomprometidos.
"Yo nunca voy a dejar de hacer nada que ayude a tu hijo, pero tampoco me voy a prestar para hacer algo que lo desayude", sostiene.

Después de tantos años atendiendo niños, Echevarría reconoce que probablemente ella ha aprendido más de sus pacientes de lo que ellos han aprendido de ella.
Los niños le han enseñado a confiar, a no tomarlo todo tan en serio y a encontrar algo bonito incluso después de un momento difícil.
Recuerda que un niño puede llorar por una inyección y, pocos minutos después, sentirse feliz con un libro para colorear y una crayola.
"Aprendo a ver lo bonito de las cosas", explica.
Esa capacidad de recuperarse también le ha enseñado que un momento doloroso no necesariamente significa que todo está perdido.
Con los años, algunos pacientes han trascendido el consultorio. Echevarría ha asistido a graduaciones y cumpleaños de niños que atendió y también ha acompañado, cuando ha podido, a familias que perdieron a un hijo.
Uno de sus mayores orgullos es que algunos de sus pacientes le hayan dicho que quieren ser médicos. Incluso ha recibido estudiantes que rotaron con ella y que hoy estudian Medicina.
"Me siento que soy la mamá de ellos", cuenta con orgullo.
Esa cercanía también significa que los pacientes pueden acompañarla mentalmente incluso cuando termina la jornada.
"Siempre dicen: ´no te lleves el trabajo para la casa´, pero es que yo creo que eso es imposible", reconoce.
Hay noches en las que se pregunta cómo estará alguno de ellos o si consiguió el medicamento que necesitaba. Cuando ya no puede hacer más, vuelve a una práctica que la ha acompañado toda la vida: orar por ellos.
Una de las personas que más influyó en su relación con la fe fue Mami Fina, una vecina que la cuidó desde que tenía dos meses. Cada mañana compartían café, desayuno y una oración por la familia.
Esa rutina permaneció con ella.
Hoy, en momentos de desesperación, vuelve a la oración y pide por sus pacientes, sus hijas, Laura Isabel y Ana Victoria, y su esposo.
También habla con orgullo de la Universidad de Puerto Rico, donde estudió, donde se conocieron sus padres y donde también estudió su esposo. Ahora sus hijas forman parte de esa misma institución.
Por eso, dice, le duele profundamente verla deteriorada y quisiera poder hacer algo para devolverle parte de lo que ha significado para su familia.

Cuando piensa en el legado que quiere dejar, Echevarría no habla de títulos ni reconocimientos.
Quiere que la recuerden como alguien que luchó por sus pacientes, por la educación y por Puerto Rico.
También quiere transmitirles a sus hijas una idea que considera esencial: nadie es mejor que ellas, pero ellas tampoco son mejores que nadie.
Para ella, ser médico no hace a una persona más importante que quien limpia un hospital.
"Somos igual de importantes", afirma.
Esa misma convicción está presente cuando habla de lo que significa ser un buen médico. Para Echevarría, la medicina y la humanidad no pueden separarse.
"Ser bueno y hacer las cosas bien es un choice", dice.
A su juicio, ser bueno es una elección que debe hacerse todos los días, incluso cuando existen oportunidades para actuar de otra manera.
Esa vocación de acompañar y enseñar también tomó una nueva forma con NEXUSMD PR, un programa de mentoría que creó junto a otros colegas para acercar a estudiantes de escuelas públicas y privadas de Puerto Rico al mundo de la Medicina.
Durante dos semanas, los participantes pueden rotar junto a médicos, tomar clases y conocer de cerca la experiencia de un estudiante de Medicina. El programa cuenta con más de 100 mentores e incluye además horas de servicio comunitario.
Para Echevarría, recibir una oportunidad también implica aprender a devolverla.
Por eso llama a NEXUSMD PR su "nuevo bebé".
Y, de alguna manera, ese proyecto resume la filosofía que ha acompañado toda su carrera: cuidar, enseñar, confiar y ayudar a otros a encontrar su propio camino.