El neurólogo Ulises Nobo, director de la Unidad de Neurociencias y Manejo de Stroke del Hospital Menonita de Caguas, reflexionó sobre el impacto de los accidentes cerebrovasculares en los pacientes y sus familias, las posibilidades de tratamiento y los desafíos de atención en Puerto Rico. Una conversación que también abordó la experiencia de vivir con una condición neurológica y la importancia de mirar más allá del diagnóstico.

Un accidente cerebrovascular (ACV), conocido como stroke, puede cambiar la vida de una persona en cuestión de minutos. La pérdida de movilidad, las dificultades para comunicarse y las alteraciones de otras funciones neurológicas pueden transformar su independencia y modificar por completo la dinámica de una familia. Sin embargo, detrás de cada diagnóstico también existe una historia personal que necesita comprensión, acompañamiento y atención digna.
Esta dimensión humana fue uno de los puntos centrales de la conversación con el doctor Ulises Nobo, director de la Unidad de Neurociencias y Manejo de Stroke del Hospital Menonita de Caguas, quien planteó que los avances tecnológicos de la medicina deben ir acompañados de una relación cercana entre los profesionales de la salud y sus pacientes.
«La inmensa mayoría de las veces es lo que el paciente necesita por ahí, más que toda la parte técnica de los mejores estudios con la mejor información del mundo: necesitas un abrazo y un poco de empatía», expresó el especialista.
El neurólogo explicó que un accidente cerebrovascular ocurre cuando se interrumpe el flujo sanguíneo hacia una región del cerebro o cuando se produce una hemorragia. El primero se conoce como ACV isquémico y generalmente está relacionado con la obstrucción de una arteria por un coágulo; el segundo corresponde al ACV hemorrágico, que ocurre cuando un vaso sanguíneo se rompe.
La interrupción del suministro de sangre priva al tejido cerebral de oxígeno y nutrientes, lo que puede ocasionar daños en poco tiempo. Por esta razón, los síntomas suelen aparecer repentinamente.
«Tú estás bien hoy y en un minuto más tarde estás con síntomas», explicó Nobo.
Las consecuencias pueden extenderse más allá de las afectaciones físicas. Cuando un paciente queda con limitaciones permanentes, su entorno familiar también enfrenta cambios emocionales, sociales y económicos. La situación puede ser especialmente compleja cuando la persona afectada representa el principal sustento del hogar.
El especialista también manifestó su preocupación por los casos de accidentes cerebrovasculares en personas menores de 45 o 50 años, una tendencia que, según indicó, está observando en distintos lugares del mundo y que representa un desafío para familias que se encuentran en etapas de formación y desarrollo de sus proyectos de vida.
Uno de los principales mensajes de Novo estuvo relacionado con la identificación temprana de los síntomas. La pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en un lado del cuerpo, la desviación de la cara, las dificultades para hablar o comprender, la pérdida súbita de visión y los problemas intensos de equilibrio pueden ser señales de un accidente cerebrovascular.
También mencionó los dolores de cabeza repentinos y particularmente intensos, diferentes a los que una persona experimenta habitualmente.
El neurólogo advirtió que uno de los obstáculos para buscar atención inmediata es que algunos pacientes presentan síntomas leves y no consideran que estén atravesando una emergencia.
«Puedes tener un ACV y estar sin ningún tipo de dolor», señaló.
Por ello, recomendó acudir inmediatamente a una sala de emergencias ante la aparición de cualquiera de estas manifestaciones, sin esperar a que desaparezcan o se intensifiquen. La ventana de tratamiento no debe confundirse con un tiempo de espera: la atención debe solicitarse desde el primer momento en que aparecen los síntomas.
En los accidentes cerebrovasculares isquémicos existen alternativas terapéuticas que pueden mejorar las posibilidades de recuperación, siempre que el paciente cumpla los criterios médicos establecidos.
Nobo explicó que uno de los tratamientos disponibles es la administración intravenosa de medicamentos trombolíticos, cuya función es disolver el coágulo que obstruye la arteria. En pacientes elegibles, este tratamiento puede administrarse dentro de las primeras 3 a 4,5 horas desde el inicio de los síntomas.
Otra alternativa es la trombectomía mecánica, un procedimiento especializado que permite retirar físicamente el coágulo mediante un catéter introducido a través de una arteria, generalmente desde la región inguinal.
El especialista explicó que, una vez que se alcanza la obstrucción, la extracción del coágulo puede tomar aproximadamente entre 15 y 20 minutos, aunque el tiempo total de atención depende de cada caso.
No obstante, aclaró que estas intervenciones no son apropiadas para todos los pacientes. La decisión depende de las características clínicas, los estudios de imágenes, el tiempo transcurrido y la extensión del daño cerebral.
Durante la entrevista, Novo señaló que la disponibilidad de centros especializados y profesionales en neurología vascular representa uno de los principales retos para la atención del stroke en Puerto Rico.
Según las cifras que compartió el especialista durante la conversación, la isla tiene entre 3,2 y 3,3 millones de habitantes y cuenta con cinco neurólogos vasculares, quienes, de acuerdo con su declaración, trabajan en un mismo hospital.
También indicó que la capacidad para realizar trombectomías está concentrada en un centro hospitalario, mientras que otros establecimientos cuentan con servicios para iniciar tratamientos y atender determinados casos.
Para el neurólogo, esta distribución evidencia la necesidad de fortalecer la infraestructura sanitaria, ampliar la disponibilidad de especialistas y mejorar la coordinación entre el Gobierno, los planes médicos y los profesionales de la salud.
Para Nobo, la prevención continúa siendo una de las herramientas fundamentales frente a esta condición. Durante la entrevista identificó la hipertensión arterial como uno de los principales factores de riesgo, seguida de la diabetes.
Su advertencia se centró especialmente en una creencia extendida: pensar que la presión arterial elevada siempre produce dolor de cabeza u otras señales evidentes.
«La presión alta no va a dar síntomas. Hay que tomársela; es la única manera de poder verificar que realmente uno tiene presión alta o no», explicó.
Por ello, recomendó realizar controles periódicos de la presión arterial, mantener la diabetes bajo control, evitar el tabaquismo y el consumo de drogas, además de adoptar hábitos de vida saludables.
La conversación adquirió una dimensión personal cuando Jorge Mario Murillo González, periodista de Medicina y Salud Pública, compartió con el especialista que vive con parálisis cerebral asociada a una lesión hipóxico-isquémica, relacionada con la falta de oxígeno.
Desde esa experiencia, planteó una inquietud sobre las diferencias entre las lesiones cerebrales ocasionadas por la interrupción del flujo sanguíneo y aquellas producidas por la falta de oxígeno.
Nobo explicó que una lesión hipóxica puede comprometer distintas regiones del cerebro e incluso afectar su totalidad, dependiendo de la duración y la gravedad de la falta de oxígeno. También precisó que la parálisis cerebral requiere un abordaje especializado, particularmente desde la neurología pediátrica cuando se presenta durante la infancia.
Aunque su práctica está enfocada en la neurología vascular de adultos, el especialista reconoció las diferentes consecuencias que pueden tener las lesiones cerebrales y la importancia de comprender sus características clínicas.
Este intercambio permitió conectar la perspectiva médica con la experiencia de quienes viven con condiciones neurológicas. También recordó que las personas no pueden reducirse a un diagnóstico ni a las limitaciones que puedan experimentar.
En una medicina cada vez más apoyada en la tecnología y los procedimientos especializados, la reflexión de Nobo recupera un principio esencial: atender una enfermedad también implica reconocer a la persona que la enfrenta.
Porque detrás de cada accidente cerebrovascular hay una vida, una familia y una historia que merecen no solamente atención médica oportuna, sino también respeto, empatía y acompañamiento.