Aunque las labores de rescate continúan tras los sismos del 24 de junio, especialistas advierten que los mayores desafíos sanitarios incluyen la atención a pacientes crónicos, el aumento de infecciones, las complicaciones en salud mental y la recuperación de los servicios básicos.

Los terremotos que sacudieron Venezuela el pasado 24 de junio continúan dejando consecuencias más allá de la emergencia inicial. Mientras el número de fallecidos supera los 3.600 y los heridos ascienden a más de 16.700, expertos en salud pública advierten que los riesgos sanitarios derivados de la catástrofe podrían prolongarse durante meses y afectar especialmente a las poblaciones más vulnerables.
La Sociedad Española de Epidemiología (SEE) señala que la respuesta sanitaria ante una catástrofe de esta magnitud no puede centrarse únicamente en la atención de los heridos y las operaciones de rescate.
Los especialistas explican que durante las primeras horas tras un terremoto suelen registrarse fracturas complejas, lesiones por aplastamiento, quemaduras, laceraciones y otros traumatismos graves capaces de saturar rápidamente los servicios de salud.
A esta situación se suman los daños en hospitales y centros asistenciales, la destrucción de carreteras, las dificultades para acceder a agua potable y el deterioro de las condiciones de higiene, factores que generan nuevas necesidades sanitarias que deben abordarse desde las primeras fases de la emergencia.
"También debe garantizarse la continuidad asistencial, restablecer los servicios básicos y proteger la salud mental de la población afectada", insisten los expertos.
Los epidemiólogos advierten que las personas con enfermedades crónicas enfrentan un mayor riesgo de complicaciones debido a las interrupciones en los tratamientos médicos y al acceso limitado a los servicios de salud.
Asimismo, alertan sobre posibles complicaciones obstétricas y neonatales si los servicios de atención al parto y al recién nacido permanecen afectados por los daños ocasionados por los sismos.
La degradación del entorno también incrementa el riesgo de enfermedades infecciosas. La acumulación de residuos, la falta de agua segura y las deficientes condiciones sanitarias pueden favorecer la proliferación de mosquitos y roedores, aumentando la posibilidad de brotes.
La SEE recuerda que los cuerpos de las personas fallecidas tras los terremotos no suelen constituir una amenaza sanitaria para la población general.
Según explican los especialistas, la mayoría de los microorganismos patógenos no sobreviven más de 48 horas en los cadáveres, por lo que el riesgo se concentra principalmente en el personal de rescate, los equipos forenses y quienes participan en la recuperación y manipulación de los cuerpos.
Por ello, recomiendan el uso estricto de equipos de protección individual durante estas labores.
Otro de los desafíos más importantes tras los terremotos es el deterioro de la salud mental de los supervivientes.
Los expertos alertan que experiencias traumáticas como la pérdida de familiares, la destrucción de viviendas, la desaparición de medios de subsistencia y las dificultades para cubrir necesidades básicas pueden generar estrés prolongado y favorecer la aparición de trastornos psicosociales.
Ante este panorama, la SEE recomienda que la atención a la salud mental forme parte de todo el proceso de recuperación y reconstrucción.
La Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS) coincide en que las consecuencias de una gran catástrofe no terminan cuando cesan los temblores o concluyen las labores de rescate.
"Las primeras horas salvan vidas, pero las semanas posteriores determinan la supervivencia de comunidades enteras", destacan los especialistas.
Por ello, subrayan la importancia de mantener la asistencia humanitaria, restablecer los servicios esenciales y proteger tanto a la población afectada como a los trabajadores humanitarios que continúan prestando ayuda en condiciones extremas.