El envejecimiento acelerado de la fuerza médica en Estados Unidos reabre una pregunta incómoda: ¿quién cuida al cuidador cuando el tiempo empieza a pasarle factura?

En una sala de cirugía de una ciudad del sur de Estados Unidos, los colegas de un oncólogo de 78 años empezaron a notar algo perturbador: el médico dudaba, perdía el hilo durante los procedimientos y necesitaba que sus asistentes le indicaran el siguiente paso.
Lo que siguió ilustra una tensión que crece silenciosamente en los hospitales del país: la colisión entre la experiencia acumulada de décadas y el deterioro cognitivo que puede acompañar la vejez.
Los números hablan solos. En 2005, algo más del 11% de los médicos en ejercicio en Estados Unidos tenía 65 años o más. El año pasado esa cifra llegó al 22,4%, con casi 203.000 profesionales de edad avanzada atendiendo pacientes.
La escasez de médicos, especialmente en zonas rurales y especialidades críticas como la medicina general, hace que nadie quiera perder a profesionales experimentados. Pero la investigación es clara: las capacidades cognitivas comienzan a declinar gradualmente a partir de mediados de los 60 años.
"Algunos profesionales siguen funcionando igual que en sus 40 o 50 años, y otros realmente empiezan a tener dificultades", señala Thomas Gallagher, internista y bioeticista de la Universidad de Washington.
Desde 2011, algunas instituciones tomaron la delantera. UVA Health, Stanford Health Care y Penn Medicine pusieron en marcha programas de evaluación para médicos mayores que exigen revisiones cognitivas y físicas periódicas a partir de los 70 años.
Hartford HealthCare, en Connecticut, publicó datos reveladores: de 160 profesionales evaluados, el 14,4% mostraba algún grado de deterioro cognitivo. Yale New Haven encontró resultados similares —12,7% con déficits que comprometían su capacidad de ejercer de forma independiente.
El problema es que estos programas nunca fueron bienvenidos. "Los médicos insisten en que sabrán cuándo es hora de retirarse", dice Rocco Orlando, de Hartford HealthCare. "Resulta que no es así."
El impulso reformista chocó contra un muro legal en 2020, cuando la Comisión Federal para la Igualdad en el Empleo demandó a Yale New Haven por discriminación por edad y discapacidad. El litigio sigue abierto, pero su efecto fue inmediato: Hartford HealthCare y el Hospital Infantil Driscoll en Texas suspendieron sus programas, y pocas instituciones nuevas se han animado a lanzar los propios.
"Hizo que muchas organizaciones se sintieran incómodas de arriesgar el cuello", resume Gallagher.
Los defensores de la evaluación insisten en que el objetivo no es expulsar a los médicos mayores sino redirigirlos. El cirujano oncólogo del caso inicial, por ejemplo, no tuvo que abandonar la medicina: dejó el quirófano pero continuó atendiendo pacientes en consulta. "Conservaba toda una vida de conocimiento que el deterioro cognitivo no había tocado", explicó Mark Katlic, director del Programa para Cirujanos en Proceso de Envejecimiento del Hospital Sinai de Baltimore.
Gallagher y sus colegas publicaron recientemente en The New England Journal of Medicine una propuesta para diseñar programas más justos, con garantías de confidencialidad y mecanismos de apelación, buscando que los médicos los perciban como una herramienta de apoyo y no como una amenaza.
Quizás el obstáculo más profundo es cultural. Los médicos son reacios a reportar las dificultades de sus colegas, atrapados en dinámicas de poder y lealtad corporativa. Y la propia naturaleza del deterioro cognitivo complica las cosas: quienes lo padecen suelen ser los últimos en percibirlo.
"Si ves algo, di algo", resume Orlando. "Somos demasiado protectores con los nuestros. Tenemos que recordar que nuestra prioridad es proteger a los pacientes."