Un equipo de la Universidad Rockefeller identificó mecanismos epigenéticos que hacen que las células de la piel conserven "recuerdos" de inflamaciones pasadas durante años, lo que explicaría los brotes recurrentes y podría abrir la puerta a nuevas terapias.

Uno de los aspectos más desconcertantes de enfermedades inflamatorias crónicas como la psoriasis es que los brotes no aparecen al azar: tienden a reaparecer exactamente en las mismas zonas del cuerpo. Durante décadas, cada episodio se consideró independiente del anterior. Un nuevo estudio publicado en Science desafía esa idea.
La investigadora Elaine Fuchs y su equipo llevan años rastreando este fenómeno. En 2017 demostraron que las células madre de la piel pueden guardar registros de experiencias inflamatorias pasadas.
En 2021 identificaron el mecanismo que abre y mantiene abiertos ciertos tramos del genoma incluso después de que la inflamación remite. Ahora, en su trabajo más reciente, lograron descifrar por qué algunos de esos recuerdos perduran durante toda la vida del organismo.
Mediante modelos de aprendizaje profundo, los investigadores analizaron cientos de "dominios de memoria" —regiones del genoma que permanecen abiertas tras un brote— en ratones con psoriasis inducida. Descubrieron que entre el 10 % y el 15 % de esos recuerdos no solo sobrevivían un mes después del episodio, sino que persistían hasta el final de la vida del animal, aproximadamente dos años.
El rasgo distintivo de estos recuerdos de larga duración fue una alta densidad de dinucleótidos CpG, secuencias cortas de ADN conocidas por su papel en la regulación genética. Según el modelo, a mayor concentración de CpG en un dominio de memoria, mayor es su longevidad: una especie de temporizador biológico codificado en el propio material genético.
"Nuestro estudio cierra la brecha entre la comprensión mecanicista de la persistencia de la memoria y las manifestaciones fisiológicas que observamos en entornos clínicos."
Los hallazgos tienen implicaciones que van más allá de la dermatología. La investigadora Fuchs señala que entender cómo los tejidos conservan registros de experiencias pasadas podría abrir vías terapéuticas para el cáncer, el dolor crónico e incluso la recuperación del peso perdido.
El siguiente paso del equipo es distinguir entre los recuerdos "buenos" —aquellos que aceleran la cicatrización de heridas— y los "malos", que predisponen al tejido a la inflamación crónica. "Identificar las características únicas de los malos recuerdos podría ayudarnos a romper el ciclo de las enfermedades inflamatorias", concluye Fuchs.