El deterioro de la memoria, la concentración y la orientación puede estar relacionado con fármacos de uso común, especialmente en adultos mayores, y no necesariamente con el envejecimiento o enfermedades neurodegenerativas.

Cansancio mental, confusión recurrente, dificultad para recordar nombres o incluso episodios de desorientación. Lo que en consulta suele atribuirse a la edad o a los primeros signos de demencia podría tener, en muchos casos, un origen reversible: los medicamentos.
Especialistas advierten que el deterioro cognitivo inducido por fármacos es una realidad frecuente en la práctica clínica habitual y debe considerarse en cualquier persona que reciba tratamiento farmacológico y presente síntomas cognitivos. Estos efectos pueden ocurrir a cualquier edad y se asocian a una amplia gama de medicamentos.
Ahora bien, a pesar de su alta prevalencia, esta condición sigue siendo ampliamente subestimada. El uso prolongado de benzodiazepinas, antidepresivos con propiedades anticolinérgicas y antipsicóticos se ha asociado con un deterioro cognitivo, especialmente en adultos mayores.
Si bien estos deterioros pueden prevenirse mediante una evaluación cognitiva inicial y un seguimiento regular, a menudo se confunden con afecciones relacionadas con la edad o neurodegenerativas y, por lo tanto, siguen estando infradiagnosticados.
El deterioro cognitivo inducido por medicamentos es más frecuente de lo que se suele creer. Los fármacos son la principal causa de delirio y pueden ser responsables de hasta el 30 % de los casos en adultos mayores hospitalizados. Por lo tanto, la polifarmacia duplica el riesgo.
Lo que sí es cierto es que el impacto poblacional es significativo. Se estima que la demencia relacionada con medicamentos representa entre el 2,7 % y el 10 % de los casos de demencia.
Estudios previos han sugerido que los medicamentos podrían ser la causa más común de demencia reversible, contribuyendo al 28,2 % de los casos. Con el aumento de las prescripciones y la mayor cantidad de medicamentos por persona, es probable que la carga sea aún mayor.
El riesgo aumenta drásticamente con la cantidad de medicamentos recetados, multiplicándose por nueve en personas que toman cuatro o más fármacos. La polifarmacia afecta aproximadamente al 29 % de las personas mayores de 65 años y a casi el 42 % de las mayores de 85 años, lo que convierte a este grupo etario en el más expuesto.
El deterioro cognitivo inducido por fármacos puede afectar a múltiples áreas, como la memoria, la falta de atención, la desorientación temporal o espacial y episodios de confusión.
Entre las personas que presentan deterioro cognitivo asociado a la medicación también se incluyen la confusión, las dificultades del lenguaje, la lentitud del pensamiento, la disminución de la velocidad de procesamiento y la lentitud motora.
Asimismo, la gravedad varía desde un deterioro cognitivo leve hasta la demencia. En algunos casos, los síntomas se presentan de forma aguda como delirio con alucinaciones, ilusiones o alteración de la percepción.
Estas alteraciones pueden aparecer poco después de iniciar el tratamiento farmacológico o desarrollarse gradualmente. La gravedad suele correlacionarse con la concentración plasmática del fármaco.
De igual forma, los síntomas generalmente mejoran tras la reducción de la dosis o la interrupción del tratamiento, aunque se han notificado casos de persistencia durante meses o más tiempo.
Diversas clases de fármacos se han asociado con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, entre ellos los antiepilépticos, los antidepresivos, los antiparkinsonianos, los antipsicóticos, el litio, las benzodiazepinas, los opioides, los antihistamínicos de primera generación, los anticolinérgicos utilizados para la incontinencia urinaria, los inhibidores de la bomba de protones, los glucocorticoides, los antiinflamatorios no esteroideos, las estatinas, los antihipertensivos y las terapias contra el cáncer.
Una revisión bibliográfica de 2023 evaluó la seguridad cognitiva de los medicamentos psicotrópicos en adultos mayores y halló que las personas con depresión que no presentaban deterioro cognitivo basal tenían mayor riesgo de sufrir deterioro cognitivo al ser tratadas con antidepresivos tricíclicos o inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, en particular paroxetina, durante al menos 6 meses, en comparación con quienes no recibían estos medicamentos.
Estos hallazgos sugieren que los medicamentos, más que la depresión en sí, podrían contribuir al deterioro, posiblemente a través de sus efectos anticolinérgicos.
En el caso de las benzodiazepinas, especialmente aquellas con una vida media prolongada de al menos 20 horas, también se ha documentado una asociación con el deterioro cognitivo. Si bien el efecto parece moderado, se debe informar a los pacientes sobre los posibles efectos a largo plazo de estos tratamientos.
La mayoría de los estudios han reportado un deterioro cognitivo significativo en adultos mayores tratados con antipsicóticos, con un riesgo aproximadamente el doble que el de individuos sanos o equivalente a un año de progresión de una enfermedad neurodegenerativa. Esta asociación se ha observado tanto con antipsicóticos convencionales como atípicos. La combinación de antipsicóticos con otros medicamentos psicotrópicos también se ha relacionado con el deterioro cognitivo en adultos mayores.
Solo el 6,5% de los ensayos clínicos que evalúan medicamentos analizan la seguridad cognitiva, y la mayoría de los datos disponibles provienen de estudios sobre benzodiazepinas y antidepresivos. Esta brecha evidencia una limitación importante en la generación de evidencia para guiar la práctica clínica.
Ante este panorama, los expertos recomiendan una evaluación cognitiva sistemática antes de prescribir estos medicamentos y, posteriormente, realizarla periódicamente durante todo el tratamiento. Es preferible una evaluación integral que abarque múltiples áreas, idealmente realizada por un neuropsicólogo, como el Mini-Examen del Estado Mental o la Evaluación Cognitiva de Montreal.
Así pues, la clave está en sospechar, no obstante, la información aquí presentada no constituye una recomendación para suspender o modificar tratamientos por cuenta propia. Todo fármaco, por más asociado que esté a posibles efectos cognitivos, cumple una función terapéutica que ha sido indicada por un profesional de la salud tras evaluar los riesgos y beneficios para cada paciente.
Cualquier ajuste en la medicación —ya sea reducción de dosis, sustitución o suspensión— debe realizarse exclusivamente bajo supervisión médica, con los exámenes y el seguimiento adecuados. Dejar un medicamento sin la guía de un especialista puede acarrear consecuencias graves, como el rebote de la enfermedad de base, síndromes de abstinencia o complicaciones mayores.
La clave está en sospechar, pero también en actuar con responsabilidad. Si un paciente o su familia identifican síntomas cognitivos que podrían estar relacionados con algún tratamiento, el paso correcto es consultar con el médico tratante, quien podrá evaluar el caso de manera integral, realizar las pruebas pertinentes y tomar las decisiones más seguras para la salud del paciente. Solo así, con información rigurosa y acompañamiento profesional, es posible optimizar los tratamientos sin comprometer el bienestar general.