Las olas de calor extremo convierten fármacos de uso común —diuréticos, antipsicóticos o los populares agonistas de GLP-1— en un riesgo para la salud.

El verano pasado, en plena ola de calor con temperaturas de hasta 40 °C, un hombre de 30 años llegó a urgencias del Hospital Humanitas de Milán con insuficiencia renal aguda y alcalosis metabólica.
La causa: deshidratación severa agravada por su tratamiento con un agonista de GLP-1, un fármaco que había suprimido su sensación de sed y le provocaba náuseas.
"El paciente se siente lleno, no quiere beber y no se da cuenta de que se está deshidratando gravemente", explicó la médica Alessandra Iorfida, que atendió el caso. Para ella, este episodio no fue una excepción: "Estamos viendo más de esto, y a medida que el cambio climático intensifique las olas de calor, seguirán aumentando".
Los agonistas de GLP-1 son solo el último añadido a una lista de medicamentos que pueden volverse peligrosos cuando las temperaturas se disparan.
Entre los principales grupos de riesgo se encuentran los diuréticos, que al eliminar líquidos pueden provocar hipotensión e insuficiencia renal cuando se combinan con las pérdidas causadas por el calor; los antihipertensivos, como los betabloqueantes, que dificultan que el organismo disipe el calor de forma eficaz; y los antipsicóticos y antidepresivos, capaces de alterar la regulación central de la temperatura o inducir una sudoración excesiva que deriva en deshidratación severa.
A estos se suman la insulina y otros medicamentos sensibles al calor, que pueden degradarse físicamente si no se refrigeran correctamente, así como los inhaladores y dispositivos presurizados, que representan un riesgo de explosión si se almacenan a temperaturas extremas.
Para hacer frente a este problema, el proyecto ADAPT-HEAT, liderado por investigadores de la Universidad de Colonia junto con la investigadora Katharina van Baal, de la Escuela de Medicina de Hannover, está desarrollando la lista CALOR: un directorio clínico pensado para ayudar a los profesionales sanitarios a identificar y gestionar los fármacos que se vuelven peligrosos durante episodios de calor extremo.
La herramienta se construyó a partir del análisis de grandes bases de datos de seguros de salud, que permitieron identificar los medicamentos más frecuentemente asociados a eventos adversos durante olas de calor.
Posteriormente, un panel de 30 expertos interdisciplinares —médicos de familia, especialistas hospitalarios y farmacéuticos— consensuó protocolos específicos de ajuste de dosis y monitoreo. Una fase de prueba de campo con médicos de atención primaria permitió verificar su utilidad en la práctica clínica real.
A pesar de la evidencia, persiste un déficit importante en la preparación de los profesionales sanitarios. Una encuesta realizada en 11 países europeos reveló que, si bien la mayoría reconoce los riesgos del calor extremo para la salud, menos de la mitad dispone de guías institucionales o formación específica para gestionar estos riesgos en sus pacientes.
De los ocho médicos consultados para elaborar este reportaje, solo cuatro afirmaron poder identificar fácilmente los fármacos de alto riesgo; tres reconocieron que "se beneficiarían de una lista de verificación", y uno admitió no considerar la medicación como un factor de riesgo primario durante el calor. La mitad reportó un aumento de la morbimortalidad entre sus pacientes durante las olas de calor.