Una estudiante de medicina de 24 años presentó episodios persistentes de ansiedad, insomnio, palpitaciones y pensamientos negativos.Tras descartar causas orgánicas, especialistas diagnosticaron trastorno de ansiedad generalizada.

Una estudiante universitaria de 24 años acudió a consulta psiquiátrica tras presentar episodios persistentes de nerviosismo, insomnio y preocupación excesiva que comenzaron durante periodos de estrés académico y progresivamente afectaron su vida cotidiana y rendimiento universitario.
Comentaba sentirse constantemente tensa, con pensamientos negativos persistentes y miedo de que algo malo pudiera sucederle a ella o a su familia.
Antecedentes Personales y Familiares
La paciente refirió antecedentes de estrés académico importante y dificultad para manejar situaciones de presión emocional desde la adolescencia. Explicó que solía ser perfeccionista y exigente consigo misma, lo que le generaba preocupación constante por su rendimiento universitario.
Negó antecedentes de enfermedades médicas importantes, hipertensión arterial o diabetes mellitus. No consumía alcohol ni sustancias ilícitas, aunque admitió tomar grandes cantidades de café para mantenerse despierta durante las noches de estudio.
En los antecedentes familiares destacó que su madre había presentado episodios depresivos años atrás y una tía materna tenía antecedentes de trastorno de ansiedad generalizada.
Durante los últimos meses, la paciente comenzó a experimentar síntomas físicos cada vez más intensos asociados a la ansiedad. Palpitaciones frecuentes, sensación de opresión en el pecho, sudoración excesiva, temblores en las manos y dificultad para respirar durante momentos de estrés. También refería sensación constante de cansancio, irritabilidad, tensión muscular y dificultad para concentrarse en clases. Comentó que muchas noches no lograba dormir adecuadamente debido a pensamientos repetitivos relacionados con miedo al fracaso académico o preocupaciones exageradas sobre situaciones simples de la vida diaria.
Debido a esto, su rendimiento universitario comenzó a verse afectado y empezó a aislarse socialmente.
Al momento de la evaluación, la paciente se encontraba consciente, orientada y colaboradora, aunque notablemente ansiosa. Se observaba inquietud psicomotora leve y dificultad para permanecer tranquila durante la entrevista. El lenguaje era coherente y organizado, pero hablaba rápidamente y manifestaba preocupación constante.
Los signos vitales mostraron presión arterial de 120/80 mmHg, frecuencia cardíaca de 102 latidos por minuto, frecuencia respiratoria de 22 respiraciones por minuto y temperatura corporal de 36.6 °C.
Durante el examen físico se observó sudoración palmar leve y tensión muscular en cuello y hombros. No se encontraron alteraciones neurológicas ni cardiovasculares importantes.
Estudios Complementarios
Con el objetivo de descartar causas orgánicas relacionadas con los síntomas, se solicitaron estudios complementarios incluyendo hemograma completo, pruebas de función tiroidea, glicemia y electrocardiograma. Todos los resultados se encontraron dentro de parámetros normales.
Tras descartar enfermedades físicas que pudieran justificar el cuadro clínico, se consideró que la sintomatología correspondía principalmente a un trastorno de ansiedad.
Diagnóstico Definitivo
Después de la evaluación clínica completa, se estableció el diagnóstico de trastorno de ansiedad generalizada. El especialista explicó a la paciente que la ansiedad es una respuesta natural del organismo ante situaciones de peligro o estrés, pero que en algunos casos puede volverse excesiva, persistente y afectar significativamente la calidad de vida.
También se le explicó que muchos de los síntomas físicos que presentaba eran consecuencia directa de la activación constante del sistema nervioso debido al estado de ansiedad mantenido.
Plan Terapéutico
Se decidió iniciar un manejo integral basado en tratamiento psicológico y farmacológico. La paciente fue referida a terapia cognitivo-conductual con el objetivo de aprender técnicas de manejo emocional, identificación de pensamientos negativos y estrategias para controlar la ansiedad. Además, se recomendó mejorar hábitos de sueño, disminuir el consumo de cafeína y establecer horarios de descanso adecuados.
Desde el punto de vista farmacológico, se indicó un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina en dosis bajas y ansiolíticos de rescate únicamente en situaciones específicas de crisis. También se recomendó realizar ejercicios de respiración y actividad física regular.
Después de varias semanas de seguimiento, la paciente mostró una evolución favorable. Refirió disminución progresiva de las crisis de ansiedad, mejor calidad del sueño y mayor capacidad para controlar pensamientos negativos. Comentó sentirse más tranquila durante las actividades académicas y haber retomado relaciones sociales que anteriormente evitaba. Aunque todavía presentaba episodios ocasionales de preocupación excesiva en momentos de estrés, la intensidad de los síntomas había disminuido considerablemente gracias a la adherencia al tratamiento psicológico y farmacológico.