Una perspectiva publicada en JACC: Advances analiza las barreras que dificultan la prevención cardiovascular en Puerto Rico y plantea cinco etapas para conectar la evaluación del riesgo con una atención médica oportuna y continua.

Identificar a una persona con riesgo de desarrollar una enfermedad cardiovascular es apenas el primer paso. Para prevenir complicaciones como infartos, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia cardíaca, también se necesita garantizar el acceso a pruebas diagnósticas, medicamentos, especialistas y seguimiento médico.
Este desafío es abordado en el artículo científico Puerto Rico as a Cardiovascular Equity Laboratory in the PREVENT Era, publicado el 23 de julio de 2026 en la revista JACC: Advances. La publicación examina las dificultades estructurales que enfrenta Puerto Rico para transformar la evaluación del riesgo cardiovascular en intervenciones preventivas efectivas.
El documento corresponde a una perspectiva científica (Viewpoint), no a un estudio epidemiológico original. Su planteamiento se centra en las barreras que pueden limitar la aplicación de las estrategias de prevención y en la necesidad de fortalecer la respuesta del sistema sanitario.
Uno de los elementos abordados es PREVENT, un modelo de estimación del riesgo cardiovascular que permite proyectar la probabilidad de desarrollar enfermedades cardiovasculares a 10 y 30 años.
La herramienta contempla el riesgo de enfermedad cardiovascular total, enfermedad cardiovascular aterosclerótica e insuficiencia cardíaca. Su utilidad está en aportar información para orientar la evaluación clínica y las decisiones preventivas.
Sin embargo, contar con una estimación del riesgo no garantiza que el paciente pueda recibir las intervenciones recomendadas. Para que la prevención sea efectiva, los resultados deben traducirse en decisiones médicas, tratamientos y controles periódicos.
En ese sentido, los autores plantean cinco etapas para fortalecer el proceso: calcular el riesgo, confirmar los hallazgos, comunicar los resultados, intensificar las intervenciones cuando sea necesario y garantizar el seguimiento.
La propuesta busca que la evaluación no se limite a identificar probabilidades, sino que permita establecer una ruta de atención que responda a las necesidades de cada paciente.
Entre las barreras descritas en el artículo se encuentran las dificultades de transporte, las restricciones de los seguros médicos, la escasez de personal sanitario y el acceso limitado a laboratorios y pruebas diagnósticas.
También se mencionan las dificultades para costear medicamentos, la vulnerabilidad de los servicios de salud ante desastres y la fragmentación del seguimiento entre diferentes proveedores.
Estas condiciones pueden afectar la continuidad de la atención. Un paciente puede conocer su riesgo cardiovascular y recibir recomendaciones médicas, pero encontrar dificultades para completar los estudios, acceder al tratamiento o mantener los controles necesarios.
Por esta razón, la perspectiva plantea que la prevención cardiovascular no depende exclusivamente de las herramientas clínicas. También requiere condiciones que permitan a la población acceder a los servicios y mantener una atención continua.
El planteamiento de los autores pone sobre la mesa la relación entre prevención y equidad sanitaria. No basta con disponer de modelos de evaluación si existen obstáculos económicos, geográficos y administrativos que impiden que los pacientes reciban atención.
La aplicación de estrategias como PREVENT necesita acompañarse de servicios accesibles, disponibilidad de profesionales, medicamentos asequibles y mecanismos que faciliten el seguimiento de las personas identificadas con mayor riesgo.
El reto para Puerto Rico consiste en conectar la identificación temprana de los factores de riesgo con una respuesta sanitaria capaz de actuar oportunamente. En ese proceso, reducir las barreras de acceso es tan importante como mejorar las herramientas utilizadas para evaluar la salud cardiovascular.