Las pruebas de función pulmonar, la evaluación cardiovascular y el estado general del paciente ayudan a determinar los riesgos de extirpar una parte del pulmón.

Recibir un diagnóstico de cáncer de pulmón abre una serie de decisiones médicas en las que cada detalle importa: conocer el tipo de tumor, determinar hasta dónde se ha extendido y evaluar si el paciente puede tolerar una intervención quirúrgica. Antes de extirpar una parte del pulmón, el equipo médico debe establecer no solo si la lesión puede operarse, sino también si la persona cuenta con suficiente reserva respiratoria y cardiovascular para afrontar el procedimiento y recuperarse.
"Con las pruebas de función pulmonar, las pruebas cardíacas, la edad y probablemente el control de enfermedades anteriores, se deben coordinar antes de hacer la cirugía", explica el doctor Pedro Soliván, hematólogo oncólogo de Puerto Rico.
La evaluación preoperatoria permite estimar cómo responderá el organismo cuando se retire una parte del tejido pulmonar. Para ello, se consideran la capacidad respiratoria, el funcionamiento del corazón, las enfermedades preexistentes y la condición física general. La edad también aporta contexto, pero no determina por sí sola si una persona puede someterse a una cirugía.
Según el National Cancer Institute uno de los estudios fundamentales es la espirometría, una prueba que mide cuánto aire puede movilizar una persona y con qué rapidez lo hace. También puede evaluarse la capacidad de difusión pulmonar, que permite conocer qué tan eficientemente los pulmones transfieren oxígeno hacia la sangre.
Estos resultados ayudan a calcular la función respiratoria que probablemente conservará el paciente después de la intervención. Si los valores iniciales o la función pulmonar prevista tras la cirugía generan preocupación, pueden solicitarse pruebas adicionales, como evaluaciones de esfuerzo cardiopulmonar.
La valoración cardiovascular también es importante, especialmente cuando existen antecedentes de enfermedad cardíaca, hipertensión u otras condiciones que puedan aumentar el riesgo quirúrgico.
El objetivo es equilibrar dos aspectos: tratar el cáncer de manera eficaz y evitar que la intervención produzca una pérdida funcional que comprometa la calidad de vida del paciente. Cuando el riesgo quirúrgico es elevado, el equipo puede considerar otras alternativas, según las características del tumor y las condiciones individuales.
Las imágenes médicas permiten identificar una lesión sospechosa y conocer su ubicación y tamaño, pero no siempre son suficientes para confirmar que se trata de un cáncer ni para determinar su subtipo.
Por eso, cuando está indicada, la biopsia permite obtener una muestra del tejido para examinar en el laboratorio. La técnica depende de la localización de la lesión y puede incluir una biopsia con aguja, una broncoscopia u otros procedimientos.
Soliván explicó que la confirmación diagnóstica es importante para orientar la conducta clínica y evitar intervenciones innecesarias cuando todavía no existe suficiente certeza sobre la naturaleza de la lesión.
No todos los pacientes necesitan exactamente el mismo procedimiento diagnóstico. Según estudios tomados de American College of Chest Physicians en determinados casos, el equipo puede recomendar una intervención quirúrgica que también permita obtener el diagnóstico definitivo. La decisión depende de la probabilidad de malignidad, la ubicación del tumor, los resultados de las pruebas y los riesgos de cada alternativa.
De acuerdo a la National Cancer Institute (NCI), el cáncer de pulmón comprende diferentes enfermedades que se distinguen por el tipo de célula en la que se originan, sus características moleculares y su comportamiento. Los dos grandes grupos son el cáncer de pulmón de células no pequeñas y el cáncer de pulmón de células pequeñas.
Dentro del primero se encuentran el adenocarcinoma, el carcinoma de células escamosas y otros subtipos, incluido el carcinoma de células grandes. El cáncer de células pequeñas constituye una categoría distinta y suele tener un comportamiento más agresivo.
"El cáncer de pulmón se puede denominar como una entidad que se divide en tres grandes sectores: adenocarcinoma, escamoso de células pulmonares y células pequeñas de pulmón", señala Soliván.
Identificar el subtipo es esencial porque las opciones terapéuticas no son iguales para todos los pacientes. Además, en determinados tumores se realizan pruebas moleculares y otros análisis del tejido para detectar alteraciones que permitan seleccionar tratamientos dirigidos.
Una vez confirmado el diagnóstico, el siguiente paso consiste en establecer el estadio de la enfermedad. Para ello, los especialistas consideran el tamaño y la extensión local del tumor, si hay afectación de ganglios linfáticos y si el cáncer se ha diseminado a otros órganos.
El tamaño es importante, pero no constituye el único criterio. En el sistema TNM existen diferentes categorías que toman en cuenta las dimensiones del tumor y otras características de su extensión. Por eso, no basta con afirmar que una lesión mide menos de cuatro centímetros para establecer el tratamiento que necesitará una persona.
La estadificación puede incluir tomografía computarizada, tomografía por emisión de positrones (PET), resonancia magnética en situaciones específicas y procedimientos para estudiar los ganglios, entre otras pruebas. Los estudios se seleccionan según el tipo de cáncer y la sospecha clínica.
Con esa información, el equipo médico determina si el tumor puede extirparse, si conviene administrar tratamiento antes de la cirugía o si es más apropiado utilizar otras estrategias.
La cirugía puede ser una alternativa importante para determinados pacientes con cáncer de pulmón de células no pequeñas en etapas iniciales y en algunos casos seleccionados de enfermedad más avanzada.
Sin embargo, extirpar el tumor no significa que todos los pacientes necesiten el mismo tratamiento posterior. La decisión depende del estadio definitivo, la afectación de los ganglios, las características biológicas del tumor, los márgenes quirúrgicos y otros factores que pueden modificar el riesgo de recaída.
En algunos pacientes con tumores pequeños y enfermedad localizada, la cirugía puede ser suficiente. En otros, incluso cuando el tumor mide menos de cuatro centímetros, pueden existir características que justifiquen considerar tratamientos adicionales.
Entre las opciones se encuentran la quimioterapia, la inmunoterapia y las terapias dirigidas. En determinados escenarios también se emplea radioterapia. La elección debe individualizarse y discutirse con el equipo de oncología.
Soliván resume uno de los principios que deben guiar estas decisiones: «Cuando tú vas a hacer un tratamiento no puedes dejar peor a tu paciente de lo que llega».
La planificación terapéutica busca obtener el mayor beneficio posible sin exponer al paciente a riesgos que no estén justificados por las características de su enfermedad.
Aunque ambas pueden utilizarse para tratar el cáncer de pulmón, la quimioterapia y la inmunoterapia actúan mediante mecanismos diferentes.
La quimioterapia utiliza medicamentos que afectan la multiplicación y supervivencia de las células cancerosas. Como algunos de estos fármacos también afectan células sanas que se dividen rápidamente, pueden aparecer efectos secundarios como caída del cabello, náuseas, alteraciones en los recuentos sanguíneos o cambios en las uñas. La intensidad y el tipo de efectos dependen del medicamento y del paciente.
La inmunoterapia, en cambio, incluye tratamientos que ayudan al sistema inmunitario a reconocer o atacar las células tumorales. Algunos medicamentos bloquean señales que el cáncer utiliza para frenar la respuesta inmunitaria. Al actuar sobre esos mecanismos, pueden favorecer que determinadas células de defensa respondan contra el tumor.
"La inmunoterapia parece ser mágica con los glóbulos blancos de cada persona para que vayan a hacer el trabajo contra las células tumorales", comenta Soliván.
Aunque la comparación transmite el potencial de estos tratamientos, la inmunoterapia no funciona en todos los tumores ni en todos los pacientes. Su utilidad depende del subtipo de cáncer, las características moleculares, los biomarcadores y otros criterios clínicos. También puede producir efectos secundarios relacionados con una activación excesiva del sistema inmunitario.
En determinados casos, la combinación de quimioterapia e inmunoterapia mejora los resultados frente a algunas estrategias utilizadas por separado. Sin embargo, no es la opción adecuada para todas las personas: la decisión depende del estadio, el subtipo de cáncer, los resultados de las pruebas y la condición clínica.
Los avances en el diagnóstico y el tratamiento han ampliado las opciones para las personas con cáncer de pulmón. Hoy, las decisiones pueden integrar información de las imágenes, el análisis del tejido, la estadificación, las pruebas moleculares y la evaluación de la capacidad física del paciente.
Esa información permite valorar tanto la posibilidad de una cirugía como la necesidad de tratamientos antes o después de la intervención, o el uso de alternativas no quirúrgicas.
El objetivo no consiste únicamente en retirar una lesión o administrar un medicamento, sino en seleccionar una estrategia que responda a las características de la enfermedad y a las necesidades de la persona.
Por eso, ante un diagnóstico de cáncer de pulmón, resulta fundamental que el paciente conozca el tipo de tumor, su estadio, las alternativas disponibles y los beneficios y riesgos de cada tratamiento. La evaluación individualizada permite tomar decisiones informadas y establecer un plan terapéutico acorde con cada caso.