Ducharse con lentes de contacto podría elevar el riesgo de queratitis por Acanthamoeba y causar ceguera

Un parásito microscópico presente en el agua y el suelo puede destruir de forma irreversible la córnea. Aunque es poco frecuente, el diagnóstico tardío convierte esta enfermedad en una amenaza seria para la visión.

Laura Guio

    La queratitis por Acanthamoeba es una inflamación grave de la córnea causada por un organismo unicelular que habita comúnmente en el agua y el suelo. A diferencia de otros patógenos, la acanthamoeba no necesita un huésped para sobrevivir, lo que la hace especialmente resistente y difícil de eliminar.

    Una vez que el parásito entra en contacto con la superficie ocular, se adhiere a la córnea y, si existen rupturas en el epitelio corneal, penetra en sus capas más profundas. A partir de ahí, utiliza el tejido corneal como fuente de alimento, provocando inflamación progresiva, daño tisular y, en los casos más severos, pérdida permanente de la visión.

    Se reportan más de 23.000 casos anuales en todo el mundo, según datos de 2023 recabados en apenas 20 países, lo que sugiere que la cifra real podría ser significativamente mayor.

    ¿Por qué los usuarios de lentes de contacto son el grupo más vulnerable?

    Entre el 85 % y el 95 % de los infectados usan lentes de contacto. La razón es múltiple: los lentes pueden generar microabrasiones en la córnea que sirven como puerta de entrada al parásito, y la acanthamoeba puede adherirse directamente a la superficie del lente o quedar atrapada entre este y el ojo.

    Los comportamientos de mayor riesgo incluyen ducharse, nadar o dormir con los lentes puestos, así como limpiarlos con agua corriente en lugar de soluciones especializadas. Los lentes mensuales representan un riesgo mayor que los desechables diarios, ya que acumulan más depósitos y requieren un mantenimiento más riguroso.

    El gran obstáculo: El diagnóstico tardío

    Uno de los problemas más críticos de esta enfermedad es que sus síntomas iniciales —dolor, enrojecimiento, sensibilidad a la luz, visión borrosa y sensación de cuerpo extraño— imitan los de infecciones mucho más comunes, como la conjuntivitis o la queratitis por herpes simple. Esto lleva a diagnósticos erróneos frecuentes que retrasan el tratamiento adecuado y permiten que el parásito avance.

    El diagnóstico correcto requiere un historial detallado del uso de lentes, además de pruebas específicas como raspados corneales, cultivos, pruebas de PCR o microscopía confocal, técnica que permite visualizar la ameba encapsulada en forma de quiste dentro de la córnea.

     Sin embargo, estas herramientas diagnósticas no están disponibles en todos los centros de salud y suelen concentrarse en hospitales universitarios o clínicas especializadas en córnea.

    Un tratamiento largo, doloroso y sin garantías

    El tratamiento de primera línea consiste en colirios antiamebianos como clorhexidina, isetionato de propamidina, hexamidina o PHMB, este último no autorizado en algunos países como Estados Unidos. En muchos casos se combinan dos medicamentos simultáneamente, con aplicaciones cada 30 o 60 minutos durante días o semanas, antes de poder reducir gradualmente la frecuencia.

    El proceso puede extenderse de meses a años. Parte de la dificultad radica en la capacidad del parásito de encapsularse en forma de quiste como mecanismo de defensa, volviéndose resistente tanto al sistema inmunitario del paciente como a los fármacos. Algunos de los colirios, en particular la clorhexidina, generan por sí mismos una toxicidad corneal que se suma al dolor ya causado por la infección.

    Cuando la enfermedad deja cicatrices, adelgaza o perfora la córnea, puede ser necesario un trasplante corneal. Aun así, existe el riesgo de que parásitos en estado latente se reactiven y destruyan el tejido trasplantado, por lo que los médicos exigen un período de estabilización previo a la cirugía.

    ¿Cómo reducir el riesgo?

    Los especialistas recomiendan una serie de medidas preventivas concretas:

    • Usar únicamente soluciones comerciales para limpiar y guardar los lentes, nunca agua del grifo.

    • Cambiar diariamente la solución del estuche.

    • Lavarse y secarse bien las manos antes de manipular los lentes.

    • No dormir con los lentes puestos.

    • Evitar el contacto con el agua —duchas, piscinas, mar— mientras se usan lentes.

    • Considerar el uso de lentes desechables diarios en lugar de reutilizables.

    • Ante actividades acuáticas frecuentes, valorar con un especialista la opción de cirugía refractiva como LASIK, PRK, SMILE o ICL.

    Ante cualquier síntoma ocular persistente combinado con hábitos de riesgo recientes, los expertos son enfáticos: acudir cuanto antes a un especialista en córnea puede marcar la diferencia entre conservar o perder la visión.


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