Altamente contagioso, capaz de generar complicaciones devastadoras y prevenible con una simple vacuna, el sarampión desafía la idea de que ya fue superado.

El sarampión nunca desapareció del todo, pero durante décadas la vacunación masiva lo mantuvo bajo control. El error más común es minimizarlo. El sarampión es una enfermedad viral que comienza de manera engañosamente parecida a un catarro común: fiebre alta, tos, secreción nasal y conjuntivitis.
Los síntomas aparecen entre 7 y 14 días después del contagio, y solo en una etapa posterior emerge la señal más reconocible: una erupción cutánea que arranca en el rostro y se extiende progresivamente por todo el cuerpo.
Ese recorrido aparentemente predecible lleva a muchos a pensar que se trata de una enfermedad leve. No lo es.
El sarampión se transmite por el aire, a través de las gotitas que una persona infectada libera al toser, estornudar o simplemente hablar.
Lo que lo distingue de casi cualquier otro patógeno conocido es su capacidad de dispersión: el virus puede permanecer activo en el aire o sobre superficies durante varias horas, y una sola persona enferma puede contagiar a entre 12 y 18 individuos susceptibles. Pocos virus en la historia registran un índice de contagio tan alto.
La mayoría de los pacientes se recupera, pero una parte significativa no lo hace sin consecuencias.
Entre las complicaciones más frecuentes se encuentran la otitis media, la diarrea severa y la neumonía, que es una de las principales causas de muerte vinculadas a la enfermedad. También puede presentarse encefalitis, una inflamación cerebral capaz de provocar daño neurológico permanente.
En casos poco frecuentes, el virus desencadena una enfermedad aún más temida: la panencefalitis esclerosante subaguda, un deterioro progresivo e irreversible del sistema nervioso central que puede manifestarse años después de la infección inicial, y que siempre es mortal.
Los grupos con mayor riesgo de complicaciones graves son los niños menores de cinco años, los adultos mayores, las mujeres embarazadas y las personas con sistemas inmunitarios comprometidos.
Antes de que la vacuna contra el sarampión comenzara a aplicarse de forma masiva en la década de 1960, la enfermedad mataba a millones de personas cada año en todo el mundo. La introducción de la vacuna triple viral —que protege también contra la rubéola y las paperas— cambió radicalmente ese panorama. Con dos dosis, ofrece una protección cercana al 97% y, al extenderse a grandes poblaciones, genera inmunidad colectiva que protege incluso a quienes no pueden vacunarse por razones médicas.
Sin embargo, la historia no terminó. Cuando las tasas de vacunación caen, el virus encuentra nuevamente terreno fértil. Los brotes recientes en distintas partes del mundo son la prueba de que el sarampión no desapareció: solo esperó.
En la actualidad, uno de los países más afectados es México, en el brote registrado durante el periodo 2025-2026, el país acumula 8 mil 899 casos confirmados y 28 fallecidos en siete estados, con Chihuahua como la entidad más afectada. Una advertencia concreta de lo que ocurre cuando la vacunación no llega a tiempo.