Hígado graso no alcohólico: el cansancio persistente y el dolor abdominal, señales de alerta

La enfermedad del hígado graso no alcohólico suele avanzar sin síntomas evidentes y está asociada con el sobrepeso, la diabetes tipo 2 y el colesterol elevado. Detectarla a tiempo y adoptar hábitos saludables puede ayudar a prevenir complicaciones.

Andrea Bazurto Gutiérrez

    Hígado graso no alcohólico: el cansancio persistente y el dolor abdominal, señales de alerta

    La enfermedad del hígado graso no alcohólico (EHGNA) se ha convertido en una de las afecciones hepáticas más frecuentes en el mundo. A diferencia de otros trastornos del hígado, no está relacionada con el consumo excesivo de alcohol, sino con factores metabólicos como el sobrepeso, la diabetes tipo 2 y los niveles elevados de colesterol. Su evolución suele ser silenciosa, lo que dificulta su diagnóstico en las etapas iniciales.

    Una enfermedad que puede pasar desapercibida

    De acuerdo con los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), el hígado graso no alcohólico se caracteriza por la acumulación excesiva de grasa en el hígado, órgano ubicado en la parte superior del abdomen. Su principal desafío es que puede progresar durante años sin causar síntomas evidentes.

    La enfermedad presenta dos formas principales. La primera es el hígado graso simple, en el que existe acumulación de grasa sin inflamación importante ni daño celular. La segunda es la esteatosis hepática no alcohólica, una variante más grave que provoca inflamación y lesión de las células hepáticas, y que puede evolucionar hacia fibrosis, cirrosis e incluso cáncer de hígado.

    Harvard Health recuerda que el hígado es el órgano interno más grande del cuerpo y desempeña más de 500 funciones esenciales, entre ellas la producción de colesterol, la secreción de bilis para la digestión de grasas y la eliminación de toxinas de la sangre. Sin embargo, la obesidad y la diabetes representan algunas de sus principales amenazas.

    Síntomas sutiles y factores de riesgo

    Uno de los principales problemas de esta enfermedad es que muchas personas descubren que la padecen durante chequeos médicos de rutina o cuando ya se han desarrollado complicaciones.

    Según el NIH, los factores que aumentan el riesgo incluyen el sobrepeso, los antecedentes familiares de diabetes tipo 2 y el colesterol elevado, por lo que los controles médicos periódicos son fundamentales en estos pacientes.

    Cuando aparecen síntomas, estos suelen ser poco específicos e incluyen cansancio persistente o dolor leve en la parte superior derecha del abdomen.

    El diagnóstico generalmente combina análisis de sangre que evidencian alteraciones en las enzimas hepáticas, estudios por imágenes para evaluar el tamaño y la textura del hígado y, en algunos casos, una biopsia para examinar el tejido hepático con mayor detalle.

    La dieta mediterránea, una estrategia para proteger el hígado

    La modificación de los hábitos alimentarios es una de las medidas más efectivas para prevenir y controlar el hígado graso no alcohólico.

    Según AARP, la dieta mediterránea es uno de los patrones de alimentación con mayor respaldo científico para las personas con esta enfermedad. Este modelo alimentario se caracteriza por un alto consumo de grasas monoinsaturadas y ácidos grasos omega-3, además de un bajo consumo de carbohidratos refinados, lo que contribuye a reducir la inflamación hepática y mejorar el perfil metabólico.

    Entre los alimentos recomendados se encuentran el aceite de oliva, las nueces, las frutas, las verduras, las legumbres y el pescado, mientras que se aconseja limitar el consumo de pan blanco, pastas refinadas, dulces y chocolates.

    Mayo Clinic explica que este patrón alimentario está basado en la alimentación tradicional de los países del Mediterráneo e incluye una elevada ingesta de alimentos de origen vegetal, cereales integrales, frutos secos y semillas. También recomienda incorporar semanalmente pescado, aves, huevos y legumbres, y reducir al mínimo la carne roja y los productos con azúcares añadidos.

    Hábitos que ayudan a prevenir el daño hepático

    Los especialistas también recomiendan evitar las bebidas azucaradas, como refrescos, jugos procesados y tés endulzados, ya que favorecen la acumulación de grasa en el hígado. Asimismo, aconsejan priorizar alimentos con bajo índice glucémico, entre ellos frutas, verduras y cereales integrales.

    Aunque esta enfermedad no está causada por el alcohol, los expertos advierten que su consumo, incluso en cantidades moderadas, puede agravar el daño hepático. Durante el proceso de metabolización del alcohol se generan sustancias tóxicas que lesionan las células del hígado y disminuyen sus mecanismos de defensa.

    Finalmente, el NIH recomienda que las personas con sobrepeso u obesidad busquen una reducción gradual de peso bajo supervisión médica, con el fin de mejorar la salud hepática y disminuir el riesgo de complicaciones.

    Más noticias de Gastroenterología