La cirrosis es una enfermedad crónica causada por el daño prolongado del hígado. En sus primeras etapas puede no presentar síntomas, pero con el tiempo puede provocar complicaciones graves como ascitis, hemorragias digestivas, encefalopatía hepática e incluso cáncer de hígado.

La cirrosis hepática es una enfermedad crónica en la que el tejido sano del hígado es reemplazado por tejido cicatricial, lo que altera progresivamente su funcionamiento. Este órgano cumple funciones esenciales como procesar nutrientes, eliminar sustancias tóxicas, producir bilis y fabricar proteínas necesarias para la coagulación de la sangre. Sin tratamiento, el daño continuo puede derivar en complicaciones potencialmente mortales.
La cirrosis es el resultado de una lesión hepática crónica que produce cicatrices permanentes en el hígado. A medida que este tejido cicatricial reemplaza al tejido sano, el órgano pierde su capacidad para realizar correctamente sus funciones.
Según la información disponible, la cirrosis es una de las principales causas de enfermedad y muerte en Estados Unidos. Se estima que alrededor de 5,5 millones de personas viven con esta condición, que ocasiona aproximadamente 26.000 muertes al año.
Las causas más frecuentes incluyen:
Consumo excesivo de alcohol.
Hepatitis B y hepatitis C crónicas.
Enfermedad por hígado graso.
Trastornos hereditarios.
Lesiones inducidas por medicamentos.
Enfermedades de los conductos biliares.
Enfermedades autoinmunes.
En algunos pacientes no es posible identificar una causa específica, situación conocida como cirrosis criptogénica.
Durante las primeras etapas, la cirrosis puede no causar síntomas o presentar manifestaciones poco específicas, lo que dificulta su detección temprana.
Entre los síntomas iniciales más frecuentes se encuentran:
Fatiga.
Picazón intensa o prurito.
A medida que la enfermedad progresa, pueden aparecer complicaciones como:
Edema o acumulación de líquido en las piernas.
Ascitis, acumulación de líquido en el abdomen.
Ictericia, caracterizada por coloración amarillenta de la piel y los ojos.
Hemorragias digestivas por ruptura de várices esofágicas.
Encefalopatía hepática, que puede causar confusión, somnolencia, alteraciones del habla e incluso coma.
En el caso de las várices esofágicas, la presencia de vómito con sangre o de heces negras constituye una emergencia médica que requiere atención inmediata.
La enfermedad aparece cuando el hígado sufre una agresión continua durante años. Ese daño provoca inflamación y posteriormente fibrosis, es decir, la formación de tejido cicatricial.
Con el tiempo, la fibrosis altera la estructura normal del hígado e impide el flujo adecuado de la sangre a través del órgano, originando hipertensión portal, una complicación responsable de muchos de los problemas asociados con la cirrosis, como la retención de líquidos y las hemorragias digestivas.
Factores que aumentan el riesgo
Entre los principales factores de riesgo descritos se encuentran:
Consumo excesivo y prolongado de alcohol.
Infección crónica por los virus de la hepatitis B o C.
Obesidad.
Diabetes.
La obesidad y la diabetes incrementan el riesgo de desarrollar esteatohepatitis no alcohólica (EHNA), una enfermedad que puede evolucionar hacia cirrosis con el paso de los años.
La biopsia hepática es el método que confirma con mayor precisión la presencia de cirrosis y, en muchos casos, ayuda a identificar su causa.
Sin embargo, no siempre es necesaria. El diagnóstico también puede establecerse mediante la combinación de:
Examen físico.
Análisis de sangre.
Estudios de imagen como ecografía, tomografía computarizada o resonancia magnética.
Endoscopia cuando existe sospecha de várices esofágicas.
Además, existen pruebas basadas en ultrasonido o resonancia magnética que permiten medir la rigidez del hígado, aunque todavía no están ampliamente disponibles.
El tratamiento busca tres objetivos principales:
Tratar la causa que originó la enfermedad cuando sea posible.
Prevenir las complicaciones.
Controlar los síntomas.
Los especialistas recomiendan que las personas con cirrosis reciban seguimiento continuo por un gastroenterólogo o un hepatólogo.
Entre las medidas más importantes se encuentran:
Suspender completamente el consumo de alcohol.
Mantener al día la vacunación contra influenza, neumococo y, cuando corresponda, hepatitis A y B.
Controlar la ascitis con restricción de sal, diuréticos o paracentesis cuando sea necesario.
Tratar la encefalopatía hepática con medicamentos como lactulosa o determinados antibióticos.
Manejar las várices esofágicas con medicamentos o procedimientos endoscópicos.
Considerar la colocación de una derivación TIPS en casos seleccionados de hipertensión portal grave.
Asimismo, los pacientes con cirrosis presentan un mayor riesgo de desarrollar carcinoma hepatocelular, el tipo más frecuente de cáncer primario de hígado. Por ello, se recomienda realizar controles periódicos mediante ecografía, tomografía o resonancia magnética, generalmente cada seis meses, para favorecer una detección temprana.
Cuando la enfermedad hepática es grave y el hígado pierde gran parte de su función, el trasplante hepático puede convertirse en una alternativa terapéutica.
No obstante, se trata de un procedimiento complejo que requiere una evaluación exhaustiva del paciente y seguimiento permanente tras la cirugía. Además, no todas las personas con cirrosis son candidatas al trasplante y la decisión depende de múltiples factores clínicos.