Psoriasis: lo que debe saber una persona que vive con esta enfermedad crónica

La psoriasis no es contagiosa y puede mantenerse controlada, pero su impacto puede extenderse a las articulaciones, la salud cardiovascular, el metabolismo y el bienestar emocional. Conocer sus señales y mantener un seguimiento adecuado es clave para evitar complicaciones.

Andrea Bazurto Gutiérrez

    Psoriasis: lo que debe saber una persona que vive con esta enfermedad crónica

    La psoriasis es una enfermedad inflamatoria crónica mediada por el sistema inmunológico que provoca la aparición de placas rojizas cubiertas por escamas blancas o plateadas. Las lesiones pueden causar picazón, ardor o dolor y aparecer en distintas zonas del cuerpo, desde el cuero cabelludo hasta los pies, además de afectar las uñas y, en algunos pacientes, las articulaciones.

    Aunque suele identificarse principalmente por sus manifestaciones en la piel, la psoriasis puede tener repercusiones que van mucho más allá de las lesiones visibles. Por eso, reconocer sus diferentes manifestaciones y mantener un tratamiento y seguimiento constantes son aspectos fundamentales para controlar la enfermedad y preservar la calidad de vida.

    Una enfermedad inflamatoria que no se contagia

    La psoriasis es una condición relacionada con el funcionamiento del sistema inmunológico y la inflamación. No se trata de una infección y no es contagiosa: el contacto físico con una persona que tiene psoriasis no transmite la enfermedad.

    Aunque existe una relación con la herencia familiar y puede presentarse en varios integrantes de una familia, puede aparecer en cualquier persona. La intensidad y las zonas afectadas también pueden variar considerablemente entre pacientes.

    Las placas pueden localizarse con mayor frecuencia en los codos, las rodillas, el cuero cabelludo y la espalda baja, aunque las manifestaciones pueden extenderse a otras partes del cuerpo.

    Cuando la psoriasis también afecta las articulaciones

    Una de las complicaciones que debe vigilarse es la artritis psoriásica, una enfermedad inflamatoria que puede comprometer las articulaciones.

    El dolor o la rigidez al levantarse, particularmente cuando se presentan de manera persistente, pueden ser señales de alerta. Las molestias pueden involucrar zonas como las manos, los pies, las rodillas, los tobillos, el cuello o la espalda baja.

    La identificación temprana es importante porque el compromiso articular puede aparecer desde el inicio de la enfermedad o desarrollarse posteriormente. Por eso, las personas con psoriasis deben comunicar a su médico cualquier aparición de dolor, inflamación o rigidez en las articulaciones.

    El riesgo no termina en la piel

    La inflamación crónica asociada con la psoriasis también se relaciona con un mayor riesgo de determinadas enfermedades cardiovasculares y metabólicas.

    Entre las condiciones que deben vigilarse se encuentran la presión alta, las enfermedades coronarias y la diabetes. También se ha identificado una relación entre el sobrepeso y la severidad de la psoriasis, por lo que el control del peso puede formar parte del manejo integral de la enfermedad.

    El seguimiento médico permite evaluar estos factores y detectar oportunamente otras condiciones que puedan coexistir con la psoriasis.

    Además, existe un interés creciente en determinar hasta qué punto el control adecuado de la inflamación puede contribuir a reducir algunas de estas complicaciones.

    El impacto emocional también importa

    Las lesiones visibles pueden afectar la manera en que una persona se relaciona con los demás y con su propia imagen.

    Algunos pacientes pueden sentirse incómodos con su apariencia, limitar la ropa que utilizan o evitar determinadas situaciones sociales por temor a que otras personas observen las lesiones o las escamas.

    A esto se suma el estigma que todavía rodea a la enfermedad. La falsa percepción de que la psoriasis es contagiosa puede generar rechazo, discriminación y aislamiento social.

    El impacto psicológico no debe considerarse secundario. Si la enfermedad lleva a una persona a aislarse, sentirse sola, perder autoestima o limitar sus actividades, es importante comunicarlo durante la consulta para que también pueda recibir apoyo.

    El estrés y las lesiones pueden favorecer los brotes

    El estrés puede contribuir al empeoramiento de la psoriasis. Durante periodos de mayor presión, los procesos relacionados con el sistema inmunológico pueden favorecer la aparición o intensificación de las lesiones.

    Otro elemento importante es el rascado o el trauma sobre la piel. En personas con psoriasis puede producirse el fenómeno de Koebner, mediante el cual una lesión o traumatismo en la piel puede favorecer la aparición de nuevas placas en esa zona.

    Por esta razón, evitar el rascado y prestar atención a los factores que coinciden con el empeoramiento de los síntomas puede ayudar a identificar posibles desencadenantes.

    Una enfermedad crónica que puede mantenerse controlada

    La psoriasis no tiene cura, pero esto no significa que deba permanecer fuera de control. Con un manejo adecuado, puede mantenerse estable y sus manifestaciones pueden reducirse significativamente.

    Uno de los principales desafíos es que algunos pacientes subestiman la enfermedad y consideran que basta con utilizar una crema ocasionalmente o acudir a consulta una vez al año para obtener una receta.

    Sin embargo, la psoriasis requiere seguimiento. La frecuencia de las consultas y el tratamiento dependen de las características y severidad de cada paciente, así como de la respuesta a las terapias indicadas.

    La constancia es especialmente importante porque suspender o modificar el tratamiento sin orientación médica puede dificultar el control de la enfermedad.

    Tratamientos cada vez más dirigidos

    El conocimiento sobre los mecanismos inflamatorios de la psoriasis ha permitido desarrollar tratamientos dirigidos a objetivos específicos del sistema inmunológico.

    Entre estos mecanismos se encuentra la interleucina 23, una molécula que desempeña un papel importante en los procesos inflamatorios relacionados con la enfermedad.

    Existen terapias biológicas diseñadas para bloquear su acción mediante anticuerpos específicos. Este tipo de tratamiento busca actuar de manera más dirigida sobre los mecanismos involucrados en la psoriasis y puede utilizarse, según las características de cada paciente, dentro de las opciones terapéuticas disponibles.

    En determinados casos, los tratamientos sistémicos también pueden ayudar a controlar simultáneamente las manifestaciones cutáneas y articulares.

    El tratamiento debe mirar al paciente completo

    El manejo de la psoriasis requiere considerar mucho más que la extensión de las placas.

    Durante el seguimiento también es importante prestar atención a la aparición de dolor articular, factores de riesgo cardiovascular y metabólico, cambios en el peso, afectaciones de las uñas y repercusiones emocionales o sociales.

    Cuando existen manifestaciones en otros sistemas, el seguimiento puede requerir la participación coordinada de diferentes profesionales de la salud.

    Este abordaje permite que la atención no se concentre únicamente en hacer desaparecer las lesiones visibles, sino en identificar y atender las diferentes dimensiones que pueden verse afectadas por la enfermedad.

    ¿Cuándo consultar?

    Una persona con psoriasis debe comunicar durante sus consultas cualquier cambio significativo en la enfermedad, especialmente si aparecen:

    • Dolor, inflamación o rigidez persistente en las articulaciones.

    • Nuevas lesiones o un aumento importante de las placas.

    • Mayor picazón, ardor o dolor.

    • Cambios en las uñas.

    • Aislamiento social, baja autoestima o afectación emocional relacionada con la enfermedad.

    • Aumento de peso u otros cambios que puedan asociarse con condiciones metabólicas.

    • Dificultades para mantener el tratamiento o acudir regularmente a las consultas.

    La psoriasis puede afectar múltiples dimensiones de la salud, pero conocer la enfermedad y mantener un seguimiento constante permite actuar antes de que sus complicaciones tengan un mayor impacto. No es una enfermedad contagiosa ni una condición que deba ocultarse: es una enfermedad crónica que puede mantenerse controlada con un manejo adecuado y continuo.

    Más noticias de Dermatología