Tomarlos cuando no hacen falta, suspenderlos antes de tiempo, guardarlos "por si acaso". Son hábitos comunes que parecen inofensivos, pero que tienen consecuencias reales para quien los comete y para todos los demás.

Basado en información de los CDC
Tomarlos para un virus
El resfrío dura una semana. La gripe también. Y no importa cuánto duela la garganta ni cuán espesa o amarilla sea la mucosidad: si hay un virus detrás, el antibiótico no sirve de nada. Los antibióticos tratan bacterias, no virus. Tomarlos de todas formas no acelera la recuperación, pero sí puede causar efectos secundarios —náuseas, diarrea, sarpullido— sin ningún beneficio real.
Dejarlos a medias porque ya nos sentimos bien
Es un error que casi todo el mundo ha cometido. Al tercer día mejoran los síntomas y parece razonable dejar de tomar las pastillas. Pero completar el tratamiento no es opcional: las bacterias que sobreviven a una dosis incompleta son precisamente las más resistentes. Si no se eliminan del todo, pueden multiplicarse y volver más fuertes. Por eso la regla es clara: hay que tomar el medicamento exactamente como lo indicó el médico, hasta el final.
Guardarlos para la próxima vez
Sobran unas pastillas y se guardan en el botiquín, "por si acaso". Parece prudente. En realidad, es un riesgo doble: los medicamentos vencidos pierden efectividad y, sobre todo, el antibiótico que sirvió para una infección puede ser completamente equivocado para otra. Usarlo sin diagnóstico puede retrasar el tratamiento correcto y empeorar la situación. Lo que sobra debe desecharse: hay programas de devolución en farmacias, o se puede mezclar con tierra o café usado antes de tirarlo a la basura.
Tomar los que le recetaron a otra persona
Un familiar tuvo algo parecido, le recetaron amoxicilina, y quedaron unas cuantas cápsulas. La tentación existe, pero el razonamiento falla. Cada infección es diferente, cada bacteria responde a ciertos medicamentos y no a otros, y las dosis se calculan según el paciente. Lo que curó a alguien más puede no funcionar —o directamente empeorar— el cuadro propio. No hay atajo aquí: se necesita diagnóstico.
Presionar al médico para que los recete
La consulta termina, el médico dice que no hacen falta antibióticos, y el paciente insiste. Es comprensible: uno quiere sentirse mejor cuanto antes. Pero presionar no ayuda. Los antibióticos que se usan sin necesidad no acortan la enfermedad; en cambio, contribuyen a la resistencia antimicrobiana, uno de los problemas de salud pública más serios del momento. Si el médico dice que no, hay buenas razones para ello. La pregunta correcta no es "¿me da antibióticos?", sino "¿cómo alivio los síntomas mientras el cuerpo hace su trabajo?".
Una última nota. La resistencia a los antibióticos no es un problema abstracto del futuro: ya está ocurriendo. Cada uso innecesario suma. Cuidar cómo y cuándo se usan estos medicamentos es, también, una responsabilidad colectiva.