"Claro que sí hay esperanza": El psicólogo que venció la leucemia y ahora acompaña a otros en la batalla

El doctor Gilberto Figueroa Correa, psicólogo clínico, conoce el diagnóstico desde los dos lados del escritorio. Como psicólogo clínico, ha guiado a pacientes a través del shock emocional de recibir un diagnóstico de cáncer. Como sobreviviente de leucemia linfoblástica aguda, lo vivió en carne propia.

Laura Guio

    Claro que sí hay esperanza: El psicólogo que venció la leucemia y ahora acompaña a otros en la batalla

    Su historia fue uno de los testimonios más impactantes del panel titulado Diagnóstico, Investigaciones y Tratamientos para el Manejo de la Leucemia Mieloide Aguda, donde participó junto al hematólogo oncólogo Dr. Alexis Cruz Chacón y la nurse practitioner Silmarí de Jesús.

    Según el Dr. Gilberto, todo comenzó con sudores nocturnos. Era finales de mayo, y durante diez días consecutivos las temperaturas habían superado los 100 grados Fahrenheit. Figueroa Correa, que entonces se encontraba en uno de los mejores momentos físicos de su vida —había corrido el maratón 10K del Teodoro Moscoso— buscaba explicaciones lógicas para lo que sentía.

    "Yo trataba de comparar todo. Hizo calor durante el día y por eso es que en la noche estoy sudando", recordó durante el panel. La posibilidad de un cáncer nunca cruzó su mente.

    Lo que finalmente lo llevó al hospital fue un dolor abdominal en el área izquierda. Era el bazo inflamado. Un CBC de rutina en la sala de emergencias bastó para que el médico le dijera sin rodeos: "Tú no te puedes ir de aquí. Presentas un cuadro de leucemia."

    "Yo describo ese momento como el día que me echaron un balde de agua fría", dijo Figueroa Correa.

    Cuando el experto se convierte en paciente

    Lo que siguió fue una experiencia que, paradójicamente, lo enfrentó con sus propias herramientas profesionales. A pesar de su formación en psicología clínica, el doctor Figueroa Correa admitió haber pasado cerca de tres semanas en un estado de negación.

    "Yo a los doctores les decía: esto tiene que ser una confusión. A lo mejor se traspapelaron los documentos y quizás esos resultados son de otra persona", relató. Reconoció haber transitado por la primera etapa del duelo, aquella que los manuales describen con frialdad clínica pero que en la vida real tiene un peso muy distinto.

    Esa experiencia, lejos de distanciarlo de sus pacientes, lo acercó. "Me da la oportunidad de ponerme en sus zapatos y conocer de primera mano lo que ellos están pasando", afirmó. "Porque a pesar de que tengo el conocimiento y puedo tener las herramientas para manejarlo un poquito mejor, ese shock emocional fue real."

    La decisión de enfrentar la batalla solo

    Una de las decisiones más reveladoras que tomó Figueroa Correa durante su tratamiento fue la de no permitir que ningún familiar se quedara con él en el hospital. Una elección que sorprendió incluso al equipo médico, pero que respondía a una estrategia consciente y deliberada.

    "Yo les decía: en el momento que yo no pueda hacer mis cosas, levantarme, ir al baño, bañarme, yo les voy a pedir que se queden conmigo. Pero mientras tanto que yo pueda hacer las cosas", explicó. Esa exigencia que se imponía a sí mismo lo obligaba a salir de la cama, a dar paseos por los pasillos del hospital, mañana y tarde.

    No estuvo exento del humor involuntario de la situación: el equipo de enfermería, preocupado por su autonomía, le asignó un carrito que emitía un chirrido característico. Solo después le confesaron que era para monitorearlo. "Me pusieron ese carrito para monitorearme", contó entre risas.

    El Dr. Cruz Chacón, que fue parte del equipo que lo trató, reconoció que aquella decisión fue respetada precisamente porque venía de alguien que entendía lo que hacía. "Confiamos en su criterio. Si Gilberto entendía que esa era la forma en que él iba a afrontar su enfermedad, nosotros lo respetamos y estábamos pendientes", dijo el médico, quien añadió que ese proceso de monitoreo cercano terminó convirtiéndose en una amistad genuina.

    Cuando le tocó el tratamiento más difícil

    Durante su internamiento, Figueroa Correa fue el tercer paciente en un protocolo de investigación de una universidad de Texas que comparaba la quimioterapia tradicional con la inmunoterapia. Dos compañeras de piso ya recibían inmunoterapia —dos fases de 28 días— frente a las cuatro fases de 21 días de la quimioterapia convencional.

    "Estábamos todos ahí cruzando los dedos que fuese inmunoterapia, pero me tocó quimioterapia", contó. Otro balde de agua fría, en sus propias palabras.

    A eso se sumaba una realidad que lo distinguía de otros pacientes que conoció durante ese tiempo, incluyendo un primo que simultáneamente recibía tratamiento por un cáncer en la mandíbula y podía regresar a su casa entre sesiones. Para Figueroa Correa, eso no era posible. Su cáncer estaba en la sangre.

    "Yo no podía decir: doctor, yo me voy para mi casa y dame el tratamiento ambulatorio. Eso no podía pasar y eso también para mí fue bien retante", reconoció.

    La carga invisible que no aparece en los análisis

    Desde su doble perspectiva, el doctor Figueroa Correa identificó con precisión lo que llama "una carga emocional invisible que no aparece en los análisis, pero pesa igual o más que los síntomas físicos."

    Enumeró los desafíos psicológicos más comunes en pacientes con este tipo de diagnóstico: miedo intenso a la muerte, pérdida abrupta del sentido de control, incertidumbre constante sobre el presente y el porvenir, aislamiento por estadías hospitalarias prolongadas y fatiga emocional acumulada por un tratamiento exigente e inmediato. "Esto le da poco espacio a la persona de que pueda procesar lo que está ocurriendo", señaló.

    Frente a eso, destacó la efectividad de intervenciones breves, estructuradas y adaptadas al contexto médico, como la terapia cognitivo-conductual para reducir la ansiedad e identificar pensamientos maladaptativos que interfieren con la adherencia al tratamiento, las intervenciones basadas en mindfulness para fortalecer la regulación emocional y la psicoeducación, tanto al paciente como a su familia, para reducir la incertidumbre y recuperar el sentido de control.

    "La información que se da en el momento del diagnóstico no necesariamente el paciente la puede filtrar y entender, por el impacto que crea recibirlo", explicó. Por eso, el trabajo psicoeducativo con el núcleo familiar es, en su visión, igual de crítico que el trabajo con el paciente.

    La respuesta que transforma una consulta

    Dentro del panel, sus colegas coincidieron en que la presencia de Figueroa Correa como psicólogo sobreviviente tiene un efecto singular sobre los pacientes. La nurse practitioner Silmarí de Jesús lo describió como un recurso invaluable precisamente en los momentos de mayor vulnerabilidad, cuando los pacientes se enfrentan por primera vez a un diagnóstico que lo cambia todo.

    "Cuando se identifican las fortalezas de cada paciente", dijo el propio Figueroa Correa al hablar de su método, "yo siempre lo veo caso a caso." Su experiencia personal no le impide la objetividad clínica, pero sí le otorga una credibilidad que pocas credenciales académicas pueden replicar.

    La pregunta que tiene respuesta

    Al cierre del panel, la moderadora le formuló la pregunta más simple y más importante: ¿hay esperanza?

    "Claro que sí", respondió el doctor Figueroa Correa sin dudar.

    Lo dijo como psicólogo. Lo dijo como sobreviviente. Y en esa doble voz, cargada de historia y de ciencia, estuvo quizás la respuesta más completa de toda la jornada.


    Más noticias de Hematología